Agua que no has de beber

La sequía es un fenómeno que se extiende por el mundo. Nuestra escritora nos da las noticias desde el campo argentino.

A la sequía, aquí le dicen la seca.

La tierra se quebraja en silencio. Las rajas avanzan, en silencio. Tanto que alcanzas a meter el pie y hay que cuidarse de no tropezar o doblarse, caer con las rodillas, quedar con la seca impresa en la piel, llevarla a casa, sufrir adentro lo que se está sufriendo afuera, en silencio.

De la tierra se abren agujeros. No los ví antes o eran más pequeños. Es tanto lo que no alcanzo a ver en estos mil ciento noventa metros. Y de los metros de mis vecinos qué decir. Sí reconozco dónde están las bocas que llevan a los túneles de las hormigas rojas y las carpinteras, los agujeros que cavan las ranas y los más grandes de los sapos. La guarida de las hormigas es difícil pillarla bajo las hojas descompuestas. Con el tiempo he pensado que no puede ser una coincidencia que una hoja caiga del árbol justo sobre la entrada al túnel. Las hormigas las arrastran, es parte del diseño. Pero todos esos agujeros… si llegan a estar habitados… muchas de los que antes vivían en la superficie u amparadas por la humedad del pasto, que se ha secado, pasan la emergencia bajo tierra.

Las dichondas se fueron todas. Recuerdo mi plan de colonizar con dichonda. En verano el pasto que crece naturalmente va demasiado rápido y hay que pasar la cortadora una vez a la semana, en cambio, la dichonda es mullida y crece poco. Trasladé varios panes. No queda una. Hay agujeros que parecen tan hondos. El calor me quita la energía para buscar en internet quiénes son, por qué lo hacen, cómo, qué lugares prefieren, ver fotografías. Lástima que Cocina salvaje –recetas e identificación– no tenga una rama de insectos. Terminarían todos en el arroz, la ensalada, el guiso, el jugo, la agüita para curar el insomnio, el empacho, la angustia.

Los siento respirar bajo mis pies, no están acostumbrados, se ahogan.

De madrugada van y vienen atentos por si cae humedad.

Vuelven decepcionados a sus túneles.

No entienden lo que pasa.

Del pozo sale muy poca agua. No es culpa del motor Villa. Hace un mes cambiamos el resorte. Le escribo por WhatsApp a tres vecinas. La que hizo un pozo de cuarenta metros no percibe diferencia. A las otras dos les sale agua pero saben que en el pueblo hay más gente como yo con problemas de pozo. Antes el motor tardaba veinte minutos en llenar el tanque de arriba. Ahora hay que pararlo para que no se recaliente, demora casi un día. De la manguera sale un chorrito con el que se mantiene húmeda la huerta. Los agujeros parecen abandonados. Dejo correr la manguera al azar, la caricia dura menos de un minuto y se corta. La carpintera trae a casa la explicación que le dio el señor bronceado que renunció al trabajo en el campo de Machi por amor a la viuda; el encuentro tuvo lugar en la verdulería. Dice que la napa está baja y los pozos más antiguos no tienen la profundidad para aspirar. ¿Y las cincuenta y nueve piscinas, contando las del barrio nuevo?, pregunta el verdulero, y, para confirmar sus palabras, cuenta que cuando llenan la piscina del Club, en los pozos de las casas de alrededor no sale agua ni para tomar. El señor bronceado recomienda que llenemos el tanque de noche cuando las napas suben un poco.

El ruido del motor no nos deja dormir, a los vecinos con agua tampoco.

Desistimos.

Hace varios años vivía en Chile, me puse a leer sin orden o método partecitas de uno de los libros sagrados. Pensé que lo sagrado venía de que trataban problemas universales, me sorprendió que fueran tan cotidianos, hasta banales. Los estudiosos tenían que resolver el dilema de una mujer que dejó un jarro en un lugar público y no lo encontró después, un viudo que le prestó al vecino su buey para inseminar su vaca y el buey murió; un hermano que secó su pozo y el de su hermano por regar los frutales con los que alimentaba a su familia… Los estudiosos se aproximaban al pozo seco como si al fondo estuviese guardado con llave el misterio de la vida en común. Sus disquisiciones no tenían por objeto alcanzar una solución, sino formular la pregunta clave sobre la desaparición del jarro. Los comentarios para llegar a la pregunta era lo que luego se copiaba en el libro. Las páginas tienen un diseño particular. Las historias; del jarro, del buey o del pozo, ocupan un cuadro alrededor del cual se mueven, como planetas, los comentarios que hicieron los estudiosos contemporáneos sobre la mujer que perdió su jarro, y, alrededor de ellos, las preguntas de los que estudiaron los comentarios sobre el jarro para pensar la tensión entre los pozos antiguos que necesitaban siete o diez metros de profundidad, y las piscinas. Cada nueva situación demanda una interpretación de las preguntas anteriores. De pregunta en pregunta se fue pensando la vida en común, sin culpables, víctimas, inocentes… Es que la escritura deja afuera las jerarquías, una dirección a seguir o proporciones, mantiene el caos de un universo en expansión. Eso los hace sagrados. Cuando después aparece el o la autora, y corre para afuera de la página a los demás escritores, el libro pasa a ser profano.  

Por la mañana salgo de casa, despacio, como si no quisiera llegar a la pelopincho. Sé de antemano con lo que me voy a encontrar. Es lo mismo cada día. Paso el saca hojas y en la red quedan pegados los cadáveres. Repito la operación varias veces al día. No sé si los cuerpos pertenecen a los insectos que vi merodear vivos por el agua o son otros que desconocen cómo mantenerse a flote. O se suicidan colectivamente. Por día recojo al menos cien, la mayoría, avispas, hay diversidad.

Nadie te advierte que si tienes una pelopincho en casa van a escoger morirse allí cientos de sujetos desesperados. Me siento cada vez peor, tendría que vaciarla para impedir que se suiciden. Hace tanto calor, las paredes se reblancecen, el agua huele a plástico.

La carpintera vuelve a encontrar al señor bronceado, le cuenta que a Machi se le suicidan las abejas y las colmenas no tienen miel. Llamo al representante del pueblo, le pregunto si sabe lo que está pasando con los pozos. Dice que hay varios en problemas. No, no existen pruebas de que las piscinas influyan. Si el problema con nuestro pozo se agrava y no tenemos agua para la casa, puede mandarnos un camión aljibe. Entiendo que me dice que el agua no es un asunto público. Los que tengan dinero para pagar un pozo profundo se salvan, los demás al aljibe. A último momento no puede escapar de la promesa. La vecina se ríe de mí cuando le cuento que vamos a tener agua potable este año. Llevo más años que tú acá, se burla.

La dermatóloga se horroriza al ver mi piel reseca. Me descascaro.

El chorro que salió del pozo anoche no alcanzó para la huerta. La flor de la pluma que da sombra a la pérgola se achicharró de arriba, en las hojas, nunca vi algo así. No es posible dar un paso sin meter el pie en un agujero o grieta.

Hoy domingo encuentro más cadáveres de los habituales flotando en la pelopincho. Se me quitan las ganas de bañarme.

No hay nadie en la calle. Imagino que desde un satélite el pueblo tiene la forma de un colador, me pregunto si las especies que viven abajo harán conexiones, si se matan para beberse o se ayudan. No leen las noticias, no saben del cambio climático, de las luchas de poder y la danza de millones. No nos entienden. Yo tampoco a ellos, ahora que no busco explicaciones en internet.

Se seca la tinta.

Se seca la pantalla.

Paso por el barrio nuevo. Los terrenos de tres mil y cinco mil metros tienen pozos de setenta u ochenta metros de profundidad y bombas sumergibles de 1,5 o 2 hp. Las casas son tan grandes, las cocinas son tan grandes, el quincho, la galería, el estacionamiento del auto, los pórticos de la entrada… A la carpintera y a mí nos cuesta tanto habitar los mil ciento noventa metros que compramos, con la humedad, los insectos que, huyendo de las fumigaciones, atacan la huerta y los frutales y se suicidan en la pelopincho; las telas de araña, las hormigas que roen los cimientos, el polvo en suspensión, las cucarachas voladoras, cortar el pasto, parchar. No entiendo cómo hacen si sólo vienen algunos fines de semana. Dudo que ocupen sábados y domingos para limpiar o esperar al herrero, al zinguero, al plomero, traer los materiales desde ciudad por los hoyos de la ruta y que no llegue nadie. El año pasado con la carpintera reunimos firmas para llamar la atención sobre la falta de reglamentación del loteo de Machi. Las voces conspicuas del pueblo dijeron que nos oponíamos al progreso. Según esa lógica los días de semana, mientras la carpintera y yo dormimos, Cozio, la vecina pareada, el jardinero guapo y el que nos arrancó la cabeza por limpiar el terreno, la familia que vive en el campo, el señor bronceado, la hija del gaucho, los que toman fernet y juegan al truco en el club, los vecinos a los que no les sé el nombre, el hijo de Cozio y la nuera, los empleados en negro del restorán, la profesora jubilada, los del grupo de folclor y de rumba, vienen aquí a diario a limpiar, lavar, podar, sacar cadáveres de la piscina… mantienen vivo el progreso. Hay algo que los del barrio nuevo ignoran y los del pueblo saben. En este terreno funcionaron durante muchos años hornos de ladrillos. Las quemas secaron todo lo vivo, es un suelo infértil, gredoso. Para que crezca el pasto, que aparece naturalmente en el pueblo, tienen que comprar tierra y mucha.

Es como si me hubiese caído por un agujero. Reconozco un laurel, acacias, paraísos, álamos, rosas… pasto, casas impolutas, pscinas llenas, niños que juegan a la pelota en el prado, otros se bañan, toman cocteles bajo la galería o conversan desde las reposeras al sol; gritos, música, risas, la carne de la ternera que fue gestada por el buey antes de morir chisporrotea en las parrillas; dos jóvenes se besan en el agua, un niño se tira una bombita, es domingo y están disfrutando de la casa de fin de semana en el campo. Ya sé lo que le puedo proponer al treinta por ciento de escritoras y escritores que hacen los libros literarios. Tuve que escribir un texto en esta misma revista y dar la vuelta completa durante dos años para comprender algo tan simple: como desempeñamos el único oficio que no recibe un pago por lo que hace; el manuscrito, no constituye un gran sacrificio. Podemos dar el ejemplo, desaparecer como autores y que florezca lo sagrado.  

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