Cocinarse a fuego lento, tener mucho que contar

ilustración de la autora por Carolina Angulo

Maivo Suárez no es solo una autora que debutó a los 52 años con una literatura de excelencia. También es un modelo de escritora alternativo al mandato de entender el oficio como carrera. En esta entrevista habla sobre el recorrido que la llevó a ser una de las voces más prometedoras de la actualidad.  

Antes de ser Maivo Suárez, nació en Talcahuano en el año 1964. Su padre militó en el MIR, y como muchos, apenas el presidente Allende fue derrocado, migró hacia el sur argentino en busca de las posibilidades laborales que, una a una, se iban cerrando con la dictadura: «Otro país, en el año 74, sin internet, era irte a Marte», me dice.

La metáfora es precisa, pues encarna el impacto de atravesar el verde sur chileno para cruzar al desierto plano al que llamamos, en Argentina, Patagonia. Después de una estadía más o menos breve en el sur se fueron a Buenos Aires, pero muy afuera de la postal.

«Yo viví muy lejos de ese glamour de libros, de cultura, de la calle Corrientes. Estudié en la UBA y todo, pero viajando dos horas en tren. Desde el conurbano. Con la pobreza del conurbano, que yo creo que muchos chilenos ni se la imaginan».

Estudió Trabajo Social, profesión a la que se dedicó durante los treinta años posteriores a su regreso a Chile. Pero en un momento de su vida abandonó la inercia del trabajo estable y el ejercicio de la profesión para que naciera, a los 52 años, la autora Maivo Suárez.

Salió a la luz con el set de cuentos breves Lo que no bailamos (Autoedición, 2016), y siguió con el libro infantil Entre dos cosas (Editorial Libresa, 2018) y la novela Sara (Premio Gabriela Mistral en novela inédita, 2017, editado por Kindberg en 2019), por la cual se hizo conocida en el ambiente nacional.

La novela es una lección de la exactitud en la inserción de los detalles, del manejo de los tiempos. Su voz es absolutamente propia: una tercera persona que encarna, a su vez, el estado de ánimo de la primera, perteneciente al personaje principal. El ritmo está ligado, más que al habla de la protagonista, a su pensamiento que se materializa en forma de lenguaje. Ella combina las palabras atendiendo a producir una sintaxis clara para que las páginas le pasen a uno como agua, una prosodia situada para que la manera de decir las palabras (en chileno) determinen el tiempo de lectura y finalmente logren un ritmo que vuelve ese tiempo una experiencia.

Este año publica su cuarto libro, Ambiente familiar (Ediciones de la Lumbre, 2021) de cuentos esta vez más largos, explora y aumenta la literatura que tiene como eje la familia. Algunos cuentos de Maivo dan ganas de que no terminen nunca.

¿Quién eras antes de ser la escritora Maivo Suárez?

Bueno, yo me considero chilena-argentina. Después del golpe migramos por goteo, primero mi papá, después mi mamá, y a los meses ella nos vino a buscar. Fue muy impresionante, porque pasó de ser una señora muy chilena a una mamá muy argentina, con ropa nueva, a la moda. Se veía muy prometedor para una niña de diez años que nos fuéramos a vivir a otro país. Nunca va a resonar como le resuena ahora a una niña de diez años «otro país», en el año 74, sin internet, era irte a marte, más para una chica pobre, de un puerto. Me acuerdo del viaje en bus, ir mirando los bosques chilenos, pensando cuándo volvería, que me estaba despidiendo, que se venía una gran aventura. Y llegamos a la Patagonia, que la encontré horrible de fea. Después de cruzar todo los bosques chilenos llegar a esa cosa así, seca.

Nos quedamos como dos años en el sur de Argentina. Después, por trabajo de mi papá, nos vinimos a vivir a Campana (un puerto en la zona norte del conurbano Bonaerense) y después mis papás compraron casa en la villa. Ahí tuvimos como un año y medio, y después nos vinimos a Cuartel Quinto, que es una zona horrible del oeste de Buenos Aires, muy peligrosa. Ahí nos instalamos y tuvimos las típicas vivencias del pueblo chico. Después entré en la UBA, creo que era la única del barrio que sabía ese viaje en tren a Palermo, y con la claridad de que me volvía a Chile. Siempre lo tuve claro. A los catorce o quince años vine a Chile de vacaciones, y entré al puerto, y dije este es mi país, mi tierra, no sé, son cosas que no se pueden explicar. Mi mamá me decía que era el típico romanticismo de una adolescente, pero no, a las dos semanas de recibirme me vine a Chile, y aquí armé mi familia, mi vida. Ahora vengo a Argentina y me siento de acá, creo que siempre estaré dividida, eso se le da a todo migrante yo creo, esa sensación de una división permanente.

¿Por qué creés que estudiaste Trabajo Social y no otra carrera?

Siempre supe que quería una carrera que sirviera para cuando Pinochet cayera y hubiera que arreglar el país. Y para mí esa carrera era Trabajo Social. Literatura no estuvo nunca en la lista. Aunque amé los libros, yo creo que cuando tú vienes de una familia obrera, son cosas lejanas, es difícil.

Si la literatura era algo lejano, ¿cómo llegaste a tu primer libro?

En la típica lista de pendientes que uno hace a cierta edad tenía escribir. Pero me pasó que un año antes de entrar en talleres estaba trabajando en un consultorio de salud, que era una experiencia muy fuerte, porque te pasabas el día escuchando historias y nunca había tiempo de hacer nada, uno trabajaba de poner la oreja nomás. Entonces una amiga psicóloga, al verme tan mal, me dijo «escribe, ya que no puedes hacer mucho trata de sacártelo». Y ahí retomé la escritura. Y a los cuarenta me inscribí en un taller literario con Carolina Rivas. Eso fue el año 2004.

Pero sentí que hay mucha gente que va a los talleres no pensando en publicar. Y aunque me daba un poco de pudor que a los cuarenta años yo sí tenía ganas de seguir escribiendo, pero en serio. No solamente ir al taller a pasarlo bien y tener amigos.

Y ahí estuve en varios talleres, estuve con la Pía Barros, estuve en el taller de Pablo Simonetti, y el primer libro fue un taller de un año con Pablo Azócar, un taller individual.

Me queda claro que sos una autora que se cocinó a fuego lento pero no como un hecho traumático sino que estuviste haciendo otras cosas.

Sí, estuve juntando historias yo creo. Hay gente que me dice «qué pena, ¿por qué partiste a los cuarenta?» y no, no tendría de qué escribir si hubiese empezado antes. Porque mi literatura tiene que ver con el trabajo social, pero también con las cosas que viví, con escuchar a los otros. Y sí, así fue, y me alegro, porque tengo muchísimas historias que sacar.

¿Por qué una autoedición?

Cuando ya tenía los cuentos listos, pulidos, trabajados, era el momento de encontrar editorial. Ahí entendí que eso iba a implicar por lo menos dos años más, porque las editoriales pequeñas funcionan con los fondos, enviando los proyectos, entendí que no era tan rápido. La autoedición fue en función de partir.

¿Cómo fue el proceso de trabajo con Sara?

Yo no tengo esa facilidad de película, donde se sienta el escritor y avanza a lo Stephen King de a dos páginas. No. Yo puedo escribir un párrafo y puedo estar horas dándole vueltas a qué es lo que quiero lograr con el párrafo, qué función cumple, qué imagen quiero dejar en el lector. Así que es un trabajo como una escultura. Lo trabajo párrafo a párrafo, para seguir de cerca qué es lo que le está pasando al personaje, y también lo que quiero que al lector le quede. Qué queda resonando, qué palabras van a quedar en su cabeza, qué emoción. Hay gente que dice que escribe y no piensa en el lector, yo soy de las que pienso mucho en el lector.

Así, el párrafo, su música interna, su tac-tac-tac, su ritmo. Yo no sé nada de música, no soy cantante ni nada, es un mundo que no existe para mí, pero sí existe la música de los párrafos, yo la siento. Siento cuando un párrafo termina bien, cuando se corta, cuando le falta… es difícil explicarlo, pero después cuando releo, cuando empiezo con el tema de la reescritura, voy sintiendo la música, el ritmo, dónde cortar, dónde dejar la palabra que tiene que ir al final, cuál palabra desentona, dónde está el adjetivo que te manda para otro lado.

¿Cuánto te tomó?

Un año y medio más o menos. Hasta el manuscrito que obtiene el Gabriela Mistral. Y lo que hice del 2017 al 2019 fue pulir, porque no conseguí editorial, la mandé a muchas y nunca me contestaron. Yo pensé, ilusamente, que con ganar los juegos literarios la novela iba a tener más posibilidades de que alguien la tomara en cuenta, pero no fue así, no pasa nada. La mandé como a veinte o veinticinco editoriales y nadie dijo ni pío.

Y cuando ya estaba a punto de guardarla en un cajón, me junté con la gente de Ediciones de la Lumbre, y ellos querían publicar la novela, pero enviándola a un fondo para publicarla recién en 2020. Pero yo quería que se publicara en 2019, para poder avanzar en otra cosa. Y me acuerdo que Matías Claro, el editor de la Lumbre me dijo «date un mes, si no pasa nada, la postulamos».

En ese mes me topé con Kindberg, leyendo los cuentos de María José Navia, y dije qué entretenida esta editorial, catálogo pequeño y bien cuidado, entonces les mandé un mail preguntando si recibían manuscritos. Me respondieron enseguida que sí, pero solo de novelas y en español. Así que mandé Sara y a las dos semanas me llegó un mail de Arantxa Martínez diciéndome que le había gustado y quería publicarla.

¿Qué significó para vos como autora el premio?

Toqué el cielo. Ya lo había tocado cuando, después de enterarme en los talleres qué eran la becas de creación, que a mí me sonaba un mundo así, demasiado top, gané una para escribir Sara. Y a los juegos literarios la mandé como para que la leyera el jurado y a alguna le sonara después que había leído la novela de una vieja. Pero no tenía ninguna expectativa de mucho más que eso.

Así que cuando me llamaron no lo podía creer.

¿Los cuentos de Ambiente familiar los empezaste después?

Pasa que, entre Lo que no bailamos y Sara, hubo muchos cuentos que yo presenté a concursos por un tema de plata. Y tenía varios cuentos que habían sacado primeros lugares. Cuando publiqué mi primer libro algunas personas me decían «ay, ¿no traía este cuento?», por ejemplo «Mi primer viaje con Lady Di» había obtenido un primer lugar, y como estaba en una antología yo pensaba que no lo podía poner en mi libro. Eso pasó con un par más. Así que dije voy a hacer un libro de cuentos para incluir estos cuentos, pero voy a escribir algunos más con el tema de la familia. Hice una lista de temáticas que me interesaba abordar. Se coló el tema del SENAME, porque la verdad el informe [se conmueve, lo noto en su voz] no sé, me volteó el informe del SENAME, entonces quise abordar también la infancia institucionalizada.

Me llamó la atención de estos cuentos, que a diferencia de otros cuentos que tienen una estructura dramática más fija, acá es como si uno asistiera a una porción de tiempo en la vida de un personaje más que a un hecho que culmina. ¿Es a propósito?

Yo doy talleres de cuentos donde enseño esas estructuras más clásicas. Pero me quería dar la libertad en algunos cuentos de no pensar tanto en la estructura y meterme más en el personaje. Que se lea más como una novela. Salirme de las estructuras que yo misma enseño y practico y permitirme otros registros. «Confesiones Bonaerenses» es eso, como una novela.

Sí, yo tenía ganas que no termine, podría haberme quedado seiscientas páginas en ese cuento.

La otra vez leí El club de los mentirosos, de Mary Karr, son como quinientas páginas que es la vida de alguien, desde pequeña hasta que se hace grande. Y cuando leí eso, que la leí embobada porque está muy bien escrita y es entretenida, yo decía, pero yo tengo anécdotas o vivencias suficientes para llenar quinientas páginas.

¿Cómo se trabaja esa apertura, dónde te apoyás si no sabés dónde vas a terminar?

Yo lo que tengo claro es qué quiero trabajar, qué emoción, qué ideas. En «Confesiones Bonaerenses» quise trabajar lo que es ser migrante, y no desde el lugar del otro, porque aquí en Chile cuando se habla de migrantes te dicen «ah, sí, los peruanos, los haitianos», no, una chilena puesta afuera, como miles de chilenos que ahora te hablan de los haitianos, y parece que se les olvidó, y uno dice por favor, tú también viviste afuera. Entonces quise abordarlo desde esa perspectiva, desde la propia experiencia de sentirte excluida, y a veces no, a veces muy integrada, porque tampoco es todo el tiempo terrible, es como un juego entre ambas cosas. Digamos que tengo el trasfondo claro, y sobre ese trasfondo de emociones es donde trabajo.

También sos súper buena con los detalles, en un cajón Sara encuentra palillos, no cualquier cosa, y en mi cajón, no sé por qué chucha, también tengo palillos, entonces alcanzás un nivel de representatividad enorme.

Me interesan mucho los detalles. Cuando hago talleres les digo que estrechen la mirada, no miren la vida como un dron, o bájenlo, llévenlo al pastito, a la manito que lo toca, ese detalle dice mucho de la gente. Yo soy de pensar en eso más que en la grandilocuencia de las palabras, cuando conozco gente pienso en el detalle, alguien que fumó al lado tuyo y tiró la colilla y no le importó dónde, o alguien que te pasó a llevar y no te pidió disculpas, o chorreó un vaso y quedó ahí y se levantó y se fue. Uno dice, ahí está todo, ahí es donde está la persona, no en lo que dice.

¿Podés volver a ese momento en que renunciás y te decidís a escribir? ¿Por qué alguien hace eso en un país donde los trabajos estables no abundan?

Meses antes de tomar la decisión de renunciar, una mañana que iba a trabajar, salí volando por un taxi. Y cuando abro los ojos, me veo tapada, rodeada de gente que empieza a gritar «¡se está despertando!». Estaba como en blanco. De a poco estaba volviendo. Pregunto si me atropellaron. «No, estaba en un taxi y chocaron, salió expulsada». Y en ese momento que la persona me hablaba, lo primero que pensé fue: conchatumadre, me podría haber muerto y no publiqué un libro. No pensé en otra cosa. Cuando salí de esa experiencia me di cuenta que esto era fuerte, que esto es lo que yo quiero hacer en el fondo después de todo.

Así que después de la recuperación me senté con un cuaderno. Acción. Yo necesito tiempo para escribir y sacar el libro. Y la forma que vi, no se la recomiendo a todo el mundo, era que necesitaba tiempo real, tiempo de trabajo, así que tenía que dejar por lo menos por un año de trabajar. Tenía mi departamento que pensaba venderlo a los sesenta, pero esa edad era una ficción, la gente se muere a cualquier edad. Así que fue, vendo el departamento, vivo con eso un año, y después vuelvo a buscar pega. Hablé con mis hijas y con el papá de mis hijas, y todos me apoyaron. Y de ese año sabático ya van siet