Cocodrilos en la noche

Cocodrilos en la noche

Gisela Heffes

Lagüey

172 páginas

Cocodrilos en la noche es la más reciente novela de Gisela Heffes, profesora de literatura latinoamericana en la Universidad de Rice (Houston). La preceden cinco publicaciones que recorren diversos modos narrativos: desde novelas hasta una nouvelle y crónicas; además de varios trabajos académicos centrados en ámbitos como la ecocrítica. La novela construye un proceso de autofiguración (Gisela Guerenstein/ Vera Heffes) sostenido como instancia vacilante de la toma de conciencia escritural, escenificado textualmente en la toma de apuntes en diversos soportes: un cuaderno de notas con tapas amarillas, un iPhone, una servilleta, el papel donde se apuntan las cosas por hacer, a partir de un acontecimiento detonante: la agonía del padre en la Buenos Aires natal. En un guiño cortazariano, Cocodrilos en la noche se estructura en dos partes, «(Del lado de allá)» y «(Del lado de acá)». Si bien a ambas las recorren en su organización dos planos, uno de estampas o imágenes relacionadas a la diaria notación incidental y otro de «Cuaderno de notas», la primera de las partes cubre los siete días en que la protagonista pasó en Buenos Aires acompañando a su padre, mientras la segunda continúa con los acontecimientos pero a la distancia, desde la residencia de la voz narrativa en los Estados Unidos.

A través del desdoblamiento del tiempo que produce la escritura para traducir en notación los afectos, recuerdos, lecturas y la sensación de extranjería y extrañamiento, en la novela la sinestesia opera como activación de la memoria, ese recurso retórico tan fuertemente marcado por Proust y que en el caso de Cocodrilos en la noche se enfoca no solo en la infancia, sino también en la ciudad a la que se retorna, a la que se la percibe como sucia y maloliente, tras años de haberse radicado en el hemisferio norte. Experiencia sensorial que, en tanto síntoma, altera la condensación de imágenes preservadas mediante el desplazamiento operado por el olfato y la vista, constituyendo uno de los tópicos más intensos de la primera parte de la novela. La narradora se interroga «¿Será Vera quien quede atrapada en la distancia cronológica que la transporta de la casa de su madre al sanatorio de su padre? ¿Es realmente ella quien se deja llevar por los olores que la inundan visualmente, o es Gisela la que procura asir lo efímero para transformarlo en materia verbal, recuerdos y sensaciones que desempeñan al caminar y recrear un mundo que ha desaparecido?» (35).

A propósito de condensación y desplazamiento, en un momento de la narración reflexiona a partir de una cita de María Zambrano: «Jamás una imagen puede ser enteramente diáfana sin que amenace a borrarse. Puede ser así, puede incluso disolverse y entonces, aquello de que era portadora, la carga emotiva, se deslíe en el medio de la visión, lo impregna y puede por ello mismo teñir todo el contenido, todo el campo de la realidad›». A lo que Vera/Gisela anota: «Cuando utiliza el verbo deslíe, ¿se refiere al verbo ‘desleír’ (atenuar) o a ‘desliar’ (deshacer)? Escribe la imagen de su padre ¿Cómo es escribir la imagen de su padre? No escribe ‹la imagen de mi padre› ni la dibuja, sino que escribe la imagen. Sí, escribe, redacta, apunta su imagen de tal modo que pocos, muy pocos, saben escribir, redactar y apuntar. Escribir la imagen de su padre es prestarle palabras a esa configuración de trazados cromáticos que se imprime borrosa o arrugada contra la corteza de su memoria» (138). Cocodrilos en la noche es sobre todo una novela sobre la reversión de la escritura sobre la vida. Es la escritura la que controla tanto el ritmo de la narración como los impulsos, tensiones o interrupciones con que lo vivido acecha a lo escrito y su proceso.

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