Entrevista a Yenny Díaz Wentén

Yeny Díaz Wentén asimila y armoniza en su obra tradiciones orales, literarias y culturales periféricas. Mujeres con oficios duros, fantasmas y muertos rebeldes que encaran al cielo, conforman el coro de los sin voz que cantan a través de sus libros.

 

Los poemarios de Yeny Díaz Wentén —Exhumaciones (Caminos del Ciego, 2010), Animitas (Gramaje, 2015) y La hija de la lavandera (Garceta, 2018)— impresionan, en primer lugar, por la finura en el manejo del habla como material de trabajo, y por la mezcla de ese material con otros como la memoria, el relato, o lo estrictamente lírico. En segundo lugar por el punto de vista que elige: el anonimato.

Los muertos de Animitas no reclaman ni desean un lugar en el cielo, ni en las oraciones, ni siquiera en los cementerios. Quedan donde murieron, de cara al sol, como la evidencia de una situación irresoluble, sin acceso al placebo del cielo católico. Lo cual no implica necesariamente un ateísmo, sino una fe pagana y poderosa donde aparecen preguntas sin respuestas que producen temblores: «Virgen Santísima, / mi dolor, ¿ojos ¿para qué? / vida no, ¿Señor, para qué?»

En La hija de la lavandera, el juego de máscaras continúa, aunque menos velado, pues efectivamente su madre lavó ropa ajena para que a sus hijos no les falte «qué comer, con qué vestir el cuerpo y los pies», como me cuenta la misma autora, en una videollamada que rompe el confinamiento por momentos, y por momentos lo muestra tan radical como es para alguien que no solo es poeta y maestra de educación primaria, sino madre de tiempo completo: su hija y la mía nos hablan cada cierto tiempo, ambas participan a su forma de nuestra conversación. No las alejamos, mucho menos Yeny, que siempre tiene una sonrisa pícara y un comentario amable para todo; además, ninguna desentona con el tema, pues en La hija de la lavandera Yeny le canta a esas mujeres extraordinarias que componen nuestras vidas: «Mi madre, mi tía lavaban la ropa en el río helado, que te rompía los huesos —me dice— pero ellas no solo se sacaban la cresta, sino que se cagaban de la risa, se tiraban agua la una a la otra, en comunidad».

¿Cómo llegan los libros a tu vida?

Bueno, yo viví en una población. En general en las poblaciones no hay acceso a los libros. Entonces mis lecturas al principio estuvieron relacionadas con textos de estudio y la biblioteca escolar. Aprendí a leer a los seis, desde ese momento no paré de visitar la biblioteca de la escuela. Después, más grande, caminaba dos kilómetros hasta la biblioteca municipal de Los Ángeles. Ahí tuve acceso a más libros. Leí a Rulfo, a Mistral, autores con los que me identifiqué enseguida, por la oralidad como materia. Es el tema de las clases, aunque haya gente que lo relativice, es todavía una realidad enorme, y ahora lo vemos reflejado en esta crisis que tenemos. La clase obrera no tiene acceso a libros. Por lo menos en los años 80’/90′ mis papás no iban a invertir en libros porque había que comer, y después ver cómo cubrir el cuerpo y los pies. Los libros no estaban considerados, eran un lujo. Entonces está la biblioteca y un tío que fue estudiante de ingeniería de la Universidad Austral, dejó la carrera y llegó a Los Ángeles con una maleta llena de libros. Ahí me encontré mi primer libro de poesía. Era una antología de un concurso que organizado por la editorial Quimantú el año 72 (Poesía 72, Quimantú. Concurso de poesía Carlos Pezoa Veliz. El ganador fue Fernando Quilodrán con Los materiales. En la antología aparecían los 10 finalistas). Un libro que llevé conmigo durante años. Esa fue mi aproximación a la poesía. Me pasó que no entendía mucho lo que había ahí adentro, pero cada tanto volvía a leerlo. Pronto entendí el prólogo, escrito por Jorge Jobet, hablaba de un presente de igualdad y libertad. Cosa que cuando crecí y con las relecturas, me impactó por lo que pasó un año después.

¿Y la escritura?

Como a los trece años llegó, cuando las idas a la biblioteca fueron más frecuentes. Antes había un intento más de niña, pero desde esa edad apareció un gusto por escribir, por leerme y corregir de alguna manera. Obvio que fueron cosas incipientes, súper ingenuas, naif.

Hay algo de la ingenuidad que se conserva, creo, cuando en Animitas tus personajes miran al cielo o conversan con Dios y no niegan su existencia pero lo detestan. Es ingenuo en el mejor de los sentidos, es poderoso.

¿Sabes lo qué pasa? Varios adultos creen que los niños como que no cachan nada, que son niños, no son personas. Pero yo desde niña siempre estuve pendiente de lo que pasaba, de que había cosas terribles pasando. Entonces en este hablante siempre está esa mirada de esa niña o ese niño que se fijaba en que ocurrían cosas horribles. Mi familia era muy apegada a lo cristiano. Pero uno se da cuenta desde chico que esa fe se les va diluyendo cuando ven que por más que solicitaran algo, nunca hubo una respuesta. Entonces esa inocencia es la misma de esa incertidumbre de pedirle algo a alguien que no sabes si te está escuchando o te está tomando el pelo.

¿Qué hizo que esa escritura más o menos constante pero juvenil derivara a tu primera publicación?

El proceso del primer libro parte, entonces, con la exhumación de mi abuelo Manuel Wentén, después de muchas gestiones, en el 2003. Mi familia materna fue víctima de la dictadura de Pinochet y sus secuaces. Mi abuelo es de Santa Bárbara, pero lo fusilan en el regimiento de Los Ángeles. Cuando vuelve la democracia se abren algunos procesos para la indemnización de víctimas y familiares gracias a que la bestia de Pinochet dijo que estaban en estado de guerra, lo que hizo que se pisara la cola, porque todos casos de violación a los derechos humanos quedan abiertos. Es súper chocante. El tata siempre fue un fantasma, yo le digo mi pillán, el pillán es el espíritu que te cuida. Entonces de golpe leer el tamaño de los huesos, el orificio de bala y la distancia probable desde la cual le dispararon al rostro. Quedé en shock hasta por lo menos el 2010 escribiendo eso. Después se me vino la idea de que somos los anónimos los que hacemos patria finalmente. Y pasamos a estar en el Informe Rettig, en el diario local por la exhumación de mi tata. Eso es Exhumaciones.

Entiendo que parte de Animitas está en Exhumaciones.

Es que el libro tiene tres partes, yo no supe muy bien cómo condensar Animitas ahí, el libro parte con una primera versión de Animitas, donde ya está la forma que luego tendrán los poemas. En la segunda parte, «Los callados», están las voces de mi familia quejándose de haber muerto o vivido de una forma, de ver el asesinato de alguien, y después está «Ilesos», que son poemas de muchas temáticas: está la población, el amor, ser champurria (ser chileno-mapuche). Entonces parte en Exhumaciones pero luego lo continúo trabajando.

¿Y el proceso de trabajo de ese libro?

No sabría decirte exactamente qué hice. Sí recibí ayuda, pero más comentarios, no sé, en los cortes de verso, en la edición del libro. Rafael Rubio que era mi pareja en ese tiempo me ayudó, también el editor Cristian Fuica. El resto fue saliendo. Surgió con lecturas, en ese entonces hice el taller Pablo Neruda en Temuco, con Clemente Riedemann. Y había otros poetas. Recuerdo algunos poemas de César Cabello que me marcaron, también la lectura más profunda de Juan Rulfo. Pero no mucho más. No me sale decir mucho más sobre los poemas. El otro día hablaba con un amigo poeta, el Nicolás López Pérez y le decía: a mí los poemas o me gustan o no me gustan, punto. Y él me decía: ¡no! ¡pero eso es tajante, si no te gusta no vas a leer nada! Y entiendo que se puede decir mucho más, pero yo lo veo así.

¿Y por qué seguiste trabajando Animitas?

Pasó algo muy puntual. Yo caminaba por la carretera que es la entrada desde Nacimiento a Los Ángeles. Ahí hay una animita, que me impactó porque siempre estaba arreglada. Un día encontré a los familiares de la animita. Entonces llegué súper efusiva a decir puras preguntas impertinentes como ¡Hola!, ¿cómo están?, ¡y puras preguntas así que no se hacen en esos lugares y menos con ese tono! Por suerte las chicas eran muy amables y me contaron que era su papá, que había fallecido en un accidente, que lo habían chocado justo en ese lugar, que ellas lo visitaban constantemente y que para ellas, ese era el lugar de reposo, no el cementerio donde trasladaron el cuerpo de su padre, sino ahí mismo. Ahí me pongo a indagar no solo en los relatos familiares, sino en lo que me contaban personas que vivían en el campo. Entonces surgieron esas historias tipo: iba caminando en invierno, oscuro y mi tía me llevó del brazo y me fue a dejar a la casa y de repente desapareció. Y yo quedaba pero ¿cómo?, y esa persona: sí, es que mi tía tenía una animita a unas cuadras de la casa, en el campo. Son cosas que se repiten y me abrieron esa perspectiva de la animita.

¿Los nombres de dónde los sacaste?

Los nombres salen de mi infancia, de ir a visitar a mi abuelo al cementerio y pasearse por los mausoleos donde aparecen estos nombres como, no sé, Libertad, Tránsito, Inocencio, Artemio, Calista. Nombres raros pero familiares para alguien que se crió en el campo.

¿Y el tema de las voces de otros, el uso de máscaras o personajes donde la identidad se triangula, como en La hija de la lavandera, es deliberado?

Es que es súper complejo escribir desde el yo, a mí me da susto, deja mucho al desnudo, no sé, ya decirle a alguien «yo te amo» es como, ¡agrr! ¿por qué lo dije? ¿por qué no pude usar otra forma? Pero en el caso de la lavandera sí hablo indirectamente desde mí, pero también de las mujeres de mi familia. La línea de mujeres de mi familia materna son súper tozudas, mi mamá, mi abuela, mi bisabuela, mi hija también. Y el oficio de la lavandera es antiguo y se mantuvo en el tiempo. Yo pensé en este libro y en este personaje por esa tozudez de servir y también de la lucha que tienen, reivindicar el valor que tienen estas mujeres que trabajan en servir a otro.

¿Y tu relación con lo mapuche?

La cultura indígena en mi familia fue totalmente aniquilada en el 73 con mi tata. Me quedó su hermano, José Wentén, que ya se fue a otro lado, pero estuvo con nosotros. Me quedan elementos como el molido de cosas, las historias. Pero más bien me queda una cosa súper orgánica. Que es mezclar la música con los poemas. Aunque yo no hago música, sino que sigo una pulsión. Esa es mi forma de unirme a la cultura que nos arrebataron. Eso le pasa a la mayoría de los champurria que vivimos en distintas partes del país.

¿Cómo sería eso de lo orgánico?

A mí me lo hicieron patente, llegué a un lugar haciendo una investigación y dije patudamente: yo soy mapuche, porque mi segundo apellido es Wentén. «Ah, ‘alto como’, significa». Pero ahí me dijeron «tú no eres mapuche porque tú no eres hablante». Y eso me dolió. Yo creo mucho en la materia, que la materia tal como se transforma según los principios físicos, porta información. De alguna forma, mi ADN tiene algo de eso, algún canto, ¿si tiene agua de hace miles de años por qué no va a tener algo de mi cultura?