Escrituras del después

¿Cuál es el lugar del periodismo narrativo en Chile? Ensayo crítico sobre dos libros de la realidad: Crónicas de la revuelta de octubre (Cinco Ases, 2020) y Chile Crónico 2020 (Berrinche, 2021).

Chile Crónico 2020

Berrinche, 2021

Hay textos hechos a presión, que se escriben mientras los acontecimientos se desarrollan y se publican antes de que los muertos alcancen a enfriarse. No me refiero solo a las noticias de los diarios y portales informativos que día a día acumulan toneladas de papel y bytes destinados fundamentalmente al olvido, sino también a estados de facebook, entradas de blogs y tuits o a manifiestos colectivos, declaraciones, o denuncias que se escriben para intervenir en escenarios determinados. Hay textos, en cambio, producidos a contrapelo de la lógica noticiosa o urgente. El periodismo narrativo, del que tanto se habla hoy en día, se mueve mejor en esa zona del después. Leila Guerriero, de cuya solvencia nadie dudaría, ha dicho varias veces que los cronistas son los que llegan tarde y los que se quedan el tiempo necesario para ver, capturar atmósferas, experiencias e historias antes de regresar para contarlas. Crónicas de la revuelta de octubre (Cinco Ases, 2020) y Chile Crónico 2020 (Berrinche, 2021) se inscriben de alguna manera en la familia textual de las escrituras no inmediatas del periodismo narrativo. El primero, recoge siete artículos seleccionados en el marco del concurso «Crónica Periodística Inédita ´Chile despertó`», convocado por Ediciones Cinco Ases, El Periodista y CIPER. El segundo, veintisiete relatos publicados en medios de prensa y digital durante el 2020.

El volumen editado por Cinco Ases es bastante disparejo en términos de calidad. Varios de los escritos pierden eficacia al chocar con algunos vicios recurrentes: el panfleteo, la redacción desprolija o la autorreferencialidad innecesaria. Sin embargo, sobresalen «La vida en riesgo en la zona cero» de Claudia Farfán —inmersión en el equipo de médicos y «escuderos» que montaron un puesto de salud a las afueras del teatro de la Universidad de Chile durante los meses que duró la revuelta— y «Chile pirata» de Camilo Cáceres —crónica de un saqueo ocurrido la noche del 18 de octubre en un centro comercial ubicado en Las Rejas. Son piezas que destacan porque demuestran un trabajo intenso de reporteo y contacto con la realidad, porque a través de relatos bien logrados construyen escenas de particular vitalidad y porque descubren, a partir de elementos singulares como la relación de ayuda mutua entablada por un traumatólogo del barrio alto y un chico de la primera línea que pone el cuerpo para protegerlo o las dinámicas de violencia, carrete, solidaridad y aseguramiento que conviven en un saqueo, transmitir el carácter excepcional de esas jornadas. Ahora bien, más allá de la calidad de los artículos, no dejó de sorprenderme el carácter de la convocatoria y la oscuridad en torno al proceso de evaluación. Las bases invitaban a participar a «periodistas y estudiantes de periodismo» solicitando a los concursantes enviar junto con la crónica: «nombre completo, número de cédula de identidad, universidad donde estudió o estudia, año de egreso o semestre que se encuentra cursando». Convengamos en que no era un concurso organizado por una escuela de periodismo. Convengamos también en que la revuelta popular repuso, entre otras cosas, el derecho a tomar la palabra tan desigualmente distribuido. Convengamos además que, en diciembre de 2019, fecha de la convocatoria, las narraciones del estallido circulaban socialmente por la necesidad colectiva de poner en palabras lo que estaba ocurriendo y de procesar una experiencia inédita y en muchos aspectos inconmensurable. Convengamos por último que un oficio como la escritura no se aprende ni exclusiva ni principalmente en las universidades por más que aparezcan, y qué bueno que así sea, nuevos diplomados y magísteres en escritura creativa. ¿Se imaginan a Leila Guerriero o Alma Guillermoprieto descalificadas de la competencia por no presentar un certificado que demuestre que son verdaderas periodistas? Al mismo tiempo, resulta incomprensible no conocer datos básicos del proceso concursal: cuántos textos llegaron, cuándo sesionó y qué dictaminó el jurado, compuesto, según las bases, por Andrea Lagos, Carmen Gloria López, Francisco Martorell, Juan Cristóbal Peña, Pedro Ramírez y Axel Pickett. El prólogo del libro no se refiere a ninguna de estas cuestiones y está firmado solo por Pickett, director de la editorial. En las páginas web de CIPER y de El Periodista, además, no aparece ninguna información acerca de los resultados.

Chile crónico, por su parte, es el primer título de Berrinche, sello creado al alero de la editorial Libros del Amanecer y dedicado exclusivamente a literatura de no ficción. En este caso, el conjunto es bastante homogéneo en términos de calidad y el abanico temático que ofrece es muy amplio. Violencia contra mujeres y niñas, consecuencias de la pandemia y secuelas de la revuelta de octubre son los tópicos que más se repiten. La mayoría de los textos de esta compilación destaca por su riesgo y por el esfuerzo que los autores tuvieron que desplegar para producirlos. Muchos logran o se acercan a esa mezcla virtuosa de investigación, reporteo, inteligencia y escritura cuidadosa y producen los efectos que el buen periodismo es capaz de provocar: mostrarnos realidades complejas, matizadas y atravesadas por contradicciones; colocarnos en lugares incómodos; descubrirnos las tramas del poder a partir de historias singulares; revelarnos cómo lo excepcional irrumpe en la vida cotidiana; emocionarnos y despertar nuestro interés en situaciones y personas que nos resultaban lejanas o desconocidas. Después de leer el libro no he podido despegarme de los protagonistas de los relatos que más me impactaron. ¿Habrán llegado a Venezuela Daylin y Wilfredo? ¿Habrá logrado abortar Antonella? ¿Cristina habrá realizado la denuncia contra el agresor con el que quedó encerrada durante los meses de confinamiento? ¿Qué será de los hijos de Cupertino Andaur? ¿Habrá regresado por fin a la cárcel Claudia, la mujer que no quería aceptar la condicional que le otorgaron porque presa estaba mejor que afuera? ¿Se habrá recuperado Javiera de la muerte de su abuela a la que contagió de COVID 19 porque nunca fue enviada a una residencia sanitaria a pesar de su insistencia desesperada? ¿Cómo estarán Gustavo Gatica y Fabiola Campillai mientras pienso en ellos?

Considerando que son narraciones cortas, escritas para la prensa local y bajo las precarias condiciones laborales que imperan en el mercado de la información, me parecen piezas muy meritorias. Ojalá algunas sean retomadas y desarrolladas más ampliamente en el futuro. Ojalá escritores, periodistas o no, a quién le importa, se animen a trabajar con rigurosidad y compromiso con el poder del lenguaje. Ojalá haya editoriales interesadas en publicarlos. Ojalá se produzcan textos que nos ayuden a procesar colectivamente la locura de estos dos últimos años, que nos inviten a pensar de manera compleja y nos resguarden de la corrección política y el buenismo bienpensante que nos amenaza de cerca. Ojalá, a fin de cuentas, se multipliquen entre nosotros las buenas escrituras del después.

Crónicas de la revuelta de octubre

Cinco Ases, 2020