Hay una mano que escribe y otra que va borrando

Cada poeta tiene un mito de origen. El de Alfonso Alcalde es un bautizo de vino y fuego, que incluye a Pablo Neruda, Carlos George-Nascimento, Julio Escámez y la desaparición de su primer libro.

¡Vámonos Alfonso –me digo–

en la mudanza sin término

con los bártulos del cielo

hasta la muerte secreta

sé que existo, y ya no soy

sino lo que ella ordena:

hay una mano que escribe

y otra que va borrando.

                                                                                                                                                            

Autorretrato N.º 1

Es 1947. El joven magallánico Alfonso Alcalde –por entonces de veintiséis años de edad– decide recuperarse de la tuberculosis en Concepción, ciudad a la que volverá varias veces a lo largo de su vida. A los dieciocho años, ya había comenzado su existencia errante, la vivencia nómade de un buscavidas, un código de identidad del futuro escritor: Argentina (Córdoba, Tucumán, Salta, Jujuy, Buenos Aires), y luego Bolivia (Oruro). Para trasladarse estaba el tren y quien quisiera llevarlo; para comer, sus manos y las faenas que se presentaran: cuidador de animales en un circo, «cuervo» en una funeraria, mozo de restorán o ayudante en una mina. Alfonso no le quita el cuerpo al trabajo, se las arregla y sobrevive.

Una vez en Buenos Aires, y en la más completa indigencia, se dirige a la embajada de Chile donde es recibido por la Cónsul, la escritora Marta Brunet, quien consigue enviarlo a Valparaíso en un barco de carga, cuyo pasaje Alcalde pagaría con extensas jornadas pelando papas. Para su amigo el escritor José Miguel Varas, Alfonso Alcalde «parecía haber vivido más que cualquier otro humano. Tenía el historial más variado de circunstancias de vida. Vivió muy a fondo todas las cosas y anduvo muy cerca de perder la vida por circunstancias de miseria».

Ya de vuelta en Santiago con los bolsillos vacíos, Alcalde tiene su primer encuentro con la literatura: consigue trabajo como repartidor de la Colección Contemporánea de editorial Losada –la que incluía un pequeño mueble para los libros–, con la que formaría su propia biblioteca «expropiando» algunos ejemplares.

Una mañana, al iniciar la jornada, se dirige al baño de su habitación y sufre una fuerte hemorragia. Luego de los exámenes respectivos, es diagnosticado de tuberculosis y debe recluirse en un sanatorio en la precordillera santiaguina. Una vez recibida el alta médica, la enfermedad no ha logrado mermar su espíritu patiperro y Alfonso dirige su malogrado cuerpo al sur del país, busca un lugar donde no haya estado antes, donde pueda dedicarle más tiempo a la poesía, nuevos aires para un nuevo comienzo, y decide instalarse en la capital de la octava región.

En Concepción se inserta rápidamente en la vida bohemia de la ciudad, pasea por la plaza de la Independencia, por los bares de la calle Barros Arana y Aníbal Pinto; duerme con lascivas interrupciones en el hotel parejero Doña Alejandrina, o teclea sin parar su máquina de escribir pasando en limpio poemas que ha esbozado y pulido en un cuaderno, mientras se gana el pan como control de radio.

Luego de un tiempo de trabajo, Alcalde ya ha dado forma a un conjunto de poemas. No quiere agregarle ni quitarle una coma. Los lee en voz alta, los vuelve a repasar en silencio y espera poder publicarlos. El novato poeta se entera de que Neruda está de visita en la ciudad en su calidad de Senador en apoyo a la huelga de los mineros del carbón en la vecina localidad de Lota, y no pierde el tiempo, se las ingenia y le hace llegar el manuscrito.

Neruda, acostumbrado a recibir inéditos, esta vez queda gratamente impresionado por la calidad de lo leído, por esos sonetos delirantes de surrealismo, por el desgarro existencial, por la tragedia hecha comedia presente en esos poemas intensos, vívidos. Entonces, con el manuscrito y el periódico El Siglo bajo el brazo, Neruda circula por las calles de la capital penquista, hace algunas preguntas y llega hasta el hotel Doña Alejandrina en busca del novicio poeta.

Sorprendido, Alfonso recibe al autor de Residencia en la tierra, hablan de aquellos poemas inéditos y sobre la brutal represión de González Videla en contra de los mineros del carbón y sobre los desvelos del oficio. El poeta-Senador, entusiasmado, le sugiere al promisorio vate que regrese a Santiago, que él personalmente se encargará de entregarle el manuscrito a su editor, Carlos George-Nascimento, para que lo publique cuanto antes; también le ofrece escribir un prólogo y que, además, intentará conseguirle trabajo en la misma editorial.

La oferta es tentadora, hasta irresistible para Alfonso: libro publicado con presentación de un poeta mayor y trabajo asegurado en una de las editoriales más importantes del país, lo que sin duda representaba debutar con el pie derecho en la literatura. Entonces acepta la propuesta, y se dispone a retornar a la capital para integrarse al equipo de la editorial Nascimento y ser parte y testigo privilegiado de la producción de su propio libro.

Ya de vuelta en Santiago, Neruda visita a Carlos George-Nascimento en su oficina del segundo piso de la librería para entregarle el manuscrito y lo introduce de lleno en aquellos poemas inéditos. Nascimento escucha con atención al poeta-Senador, quien le expone con entusiasmo sobre la calidad de la poesía de Alcalde. Juntos repasan esos versos pendulares, los que a ratos evocan a César Vallejo, dice Neruda. De metáfora hiperbólica como Pablo de Rokha, agrega el editor. Neruda le devuelve una mirada gélida, guarda silencio unos segundos y luego continúa la lectura. El editor está maravillado con lo que está escuchando, le agradece el descubrimiento. Así, verso a verso, queda cerrado el acuerdo de publicación. El editor también accede a la petición de Neruda y se compromete a darle alguna ocupación al talentoso muchacho en su editorial-imprenta de la calle Arturo Prat, ahí conocerá a Joaquín Gutiérrez, escritor costarricense y yerno del editor, con quien trabaría una amistad que duraría toda la vida.

Un par de meses después, ya está listo para las prensas el poemario Balada para una ciudad muerta (con ilustraciones del pintor Julio Escámez), en la que Neruda dejará impresa una personal semblanza:

 

¿Quién los llama?

De los bosques, de una lluvia, más otra, de todas las arenas llegan los poetas

dejando un rastro de platino quemado

una pequeña huella de zapatos perdidos

en la arcilla subterránea.

Tu Alfonso, de las ciudades marinas traes

humo y lluvia en tus manos

y sabes tejer el hilo fresco y el frío

de la profundidad matutina.

Tú como otros de pronto

acudes desde el honor de la selva, o

perdido, entre las casas de madera mojada

en el silencio enarenado tomas el tren o el aire

y aquí está tu sombrero tembloroso, el espacio

de las nuevas raíces.

 

Te saluda

Pablo Neruda

 

1947 expira y la edición de Balada para una ciudad muerta hace su estreno en la vitrina de la Librería Nascimento del paseo Ahumada. Sin embargo, Alcalde ha comenzado a experimentar lo contrario a la felicidad al ver publicado su primer libro. Mira los ejemplares de su propia obra en los estantes mientras trabaja con desazón. Aparta la mirada. Quisiera retroceder el tiempo, pero el volumen ya está en la calle, en las librerías, dispuesto a encontrarse con sus lectores. Como es habitual, el editor le ha entregado algunos ejemplares, pero Alfonso pide más, está dispuesto a comprar toda la edición si es necesario, no quiere que su debut literario se expanda, pues ya está convencido de que Balada para una ciudad muerta es «un trabajo inmaduro y precipitado», explicará tiempo después, convencido que «el hecho de llevar una presentación de Neruda, una de las primeras que dedicó a un joven escritor, significaba una enorme responsabilidad».

Pero una idea radical ya se ha instalado en su cabeza, y busca la forma de celebrar –a su manera– el acontecimiento: Alcalde convoca a algunos amigos y varios chuicos de vino para amenizar la ceremonia. Ya avanzada la noche, el alcohol se encargará de abrir la herida del poeta quien dará rienda suelta a su tormento y erigirá una hoguera con una cantidad importante de ejemplares de su Balada para una ciudad muerta, los que ardieron borrando todo vestigio de existencia, quizá como una medida desesperada para hacer desaparecer –y «hacer humo»– su inaugural publicación.

Pronto, la noticia llega hasta su editorial y lugar de trabajo. Nascimento no comprende la acelerada decisión de Alcalde, y lo lamenta. Pese a su carácter mesurado, el editor le hará saber su malestar, lo que dañará irremediablemente el incipiente vínculo. Neruda, por su parte, no solo no comprende la reacción de Alcalde, se molestará y distanciará de él por años.

Vuelve al sur, ajeno al barullo de camarillas y transas literarias, continuará escribiendo más convencido que nunca. Siempre el mar, abandonos e infidelidades, amores tórridos, amistades intensas de caminatas interminables, pellejerías y frustraciones varias. Como su propia vida. Como él mismo frente a un espejo que lo reproduce hasta el infinito. Poemas, cuentos y crónicas; todos los temas, todos los oficios, todas las hablas, todos los seres, ocupan un lugar en su escritura, labrada en los más diversos paisajes y ocupaciones, en los paraísos artificiales y en el ocultamiento, en el agobio, en el silencio lluvioso, en esos largos inviernos perdidos de Coliumo.

Imágenes obtenidas desde la web de Memoria Chilena con fines de divulgación.

La primera es la portada de la primera edición, la segunda una de las ilustraciones que contiene, a cargo de Julio Escámez.

¶¶