La trilogía cuestionadora

«Me gustaría que este libro no existiera», es la primera línea del prólogo a la segunda edición de Dolerse. Textos de un país herido, que nos hace despertar a la violencia de la muerte pública en México, en un proceso donde el Narco avanza frente a un Estado que abandona a sus habitantes. Hoy, cuando el horror está  bombardeándonos desde nuestras pantallas y entornos (Ámbar, Antonia, la violencia racista en Wallmapu y el manejo de la pandemia, entre otras), libros como este parecen más cercanos de lo que quisiéramos, mostrándonos la posibilidad de la escritura documental como respuesta a lo innombrable.

La fractura exacta reúne los libros de poesía: Los textos del yo (2005), La muerte me da (2007), El disco de Newton. Diez ensayos sobre el color (2011), Virichitas (2011) y La imaginación pública (2015). El penúltimo abre así: «También podría ser un registro, un libro». Que, en ese caso, deja fechas y horas de escritura expuestas. En una nota en medio del primer poemario escribe «Todos los libros son comunales, se sabe. Pero este es el más comunal de mis libros. Se lo debo, sin metáfora alguna, a ciertas calles, algunos años y un puñado de personajes entrañables».

Si en algunos textos (porque con una escritora así hay que pensar en formatos híbridos, no en géneros) Rivera Garza se acompaña de personas, a la hora de pensar articula y se acompaña de una serie de nombres de clásicos intelectuales y otros más recientes, para construir la posibilidad de girar ciertas ideas que el mercado literario ha instalado, y, de una vez por todas, romper la figura autoral para entregarse al trabajo de la comunidad.

 «Lo que cada vez me queda tan claro, sin embargo, es que la escritura de libros en comunalidad tendrá que vérselas —y esto de manera explícita— con la puesta en escena de la autoría plural. ¿De qué manera la figura del narrador, punto de vista o arco narrativo, por ejemplo, tendrán que rehacerse para dar fe de la presencia generativa de otros en su mismo existir? ¿Qué soporte se habituará mejor a la develación continua del palimpsesto y la yuxtaposición intrínseca a cada proceso escritural? ¿Cómo será el así llamado aparato crítico cuando cada frase e, incluso, cada palabra, tenga que dar cuenta de su ser plural y pluralmente concebido?».

Esto es lo que realiza en Los muertos indóciles, quizá el más interesante de los tres libros, porque los otros son posibilidades o caminos mientras que este es el centro teórico para las nuevas prácticas de escritura. Este «laboratorio», como escribe la autora, fue llevado a cabo en la columna La Mano Oblicua, de 5500 caracteres cada una, en el diario Milenio, durante el 2006 y 2013. Todavía Rivera Garza mantiene su blog que es otra forma de entrar a su obra y en el que se puede acceder a algunas columnas fundamentales del libro como Desapropiación para principiantes.

El recurso de las preguntas en la cita anterior no es retórico. La autora abre preguntas para nuevas escrituras, nosotros le hacemos las nuestras, por Zoom, que Rivera Garza contesta desde Houston. Allá es académica en el Doctorado de Escritura en español.

Las sugerencias de Rivera Garza para acercarse a esta literatura comunal:

-En poesíamexa.com:

Antígona González, de Sara Uribe

Bulgaria mexicalli, de Gerardo Arana

-En morothueso.net

Eugenia Tisselli

¿Sin el contexto mexicano, habría publicado estos libros?

Estos libros son arte ligado al espacio, al terreno, especialmente los de ensayos son libros que crecieron respirando muy de cerca el ambiente de profunda transformación y profunda dislocación al inicio del siglo XXI, entre México y Estados Unidos. Son los territorios en que estaba pensando, que estaba atravesando, que pusieron en frente de mí los retos y preguntas con que los libros empezaron a dialogar. Los libros están muy atados a un espacio tiempo particular, pero a la vez, esta idea de poder publicarlos después y en lugares como en Chile, muestran que las problemáticas que han estado dialogando no han hecho más que crecer, son circunstancias que todavía están con nosotros, y todavía más agudas que entonces. Estoy hablando en México, de la guerra contra el Narco, de violencia espectacular, pero también de movilizaciones y contestaciones de la población civil, algo de lo que en Chile saben muy bien, y que también se ha dado en Estados Unidos a través de las movilizaciones del Black Lives Matter. 

Los muertos indóciles nació de sus colaboraciones en Milenio. ¿Qué oportunidades da la prensa a los escritores?

Eso es algo que no he vuelto a hacer. Fue una gran enseñanza escribir cada semana, digamos que la aproveché, puesto que mi columna no la dejaba para después ni era una cosa menor, era una especie de columna vertebral de la escritura que estuve haciendo de esa época. Justo cuando salí del periódico estaban reduciendo las oportunidades para escritores en la prensa, estaban desapareciendo suplementos literarios. En el sentido estructural lo que me permitió escribir estos artículos, estos ensayos pequeños, fue desapareciendo y debilitándose tremendamente. Fue mucho aprendizaje escribir poca cantidad para desarrollar una idea, también mucho por hacerlo constantemente, cuatro veces al mes, porque escribo ensayos académicos, soy profesora de la universidad y tengo entrenamiento en ese aspecto. Le debo sobre todo el ejercicio y la disciplina de poner una atención cuidada al presente, que el presente nunca se escape. 

¿El escritor puede evitar la academia para evitar profundamente su oficio?

¿Y por qué querría evitarla? Sería la pregunta con la que contestaría tu pregunta. En Latinoamérica hemos creado, hemos vivido una dicotomía que hemos vuelto oposición entre la academia y la escritura, como si se tratara de campos contrarios, como si la creación fuera absolutamente libre fuera de los recintos universitarios, cosa que no es, o como si todo lo que pasa en la academia fuera obtuso, cuadrado y aburridísimo, o como si el trabajo académico no fuera creativo también. En la manera en que me gano la vida —yo no tengo recursos de mi familia ni vengo de una familia poderosa ni nada por el estilo, yo trabajo para mantenerme—, la academia me ha dado un refugio, una manera de hacerlo, que me permite al mismo tiempo seguir haciendo lo que más me gusta: leer, pensar, platicar con otros en corto, que son las clases que uno da. He visto que la academia puede ser muy dura, muy rigurosa, cuadrada, lo que se le critica. Hay condiciones de producción que pueden ser igual de fuertes y rigurosas dentro y fuera de la academia. Hay tradiciones entre las cuales nuestros libros se inscriben, y a las tradiciones que uno quiere cuestionar, subvertir o aumentar no les importa si vienes de la academia o de la «libertad» creativa. Lo que les importa es una relación creativa, honda, verdadera, y para mí, sobre todo, crítica. En los últimos años he dirigido un Doctorado en Escritura Creativa en español en Houston y no haría eso si no creyera que la academia y la creación se complementan, que hay maneras en que un buen escritor, si tiene un entrenamiento riguroso, podrá ver su propio trabajo con más pares de ojos, podrá prepararse para analizar críticamente su trabajo, y por otra parte hay una especie de intercambio que la universidad puede ofrecer como lugar para ganarse la vida, aunque cada vez hay menos posiciones y las posiciones pueden ser más precarias. Las actividades creativas se sirven de entrenamientos intelectuales sólidos.

Usted ha sido enfática en analizar el lugar del trabajo de los escritores en, por ejemplo, Kathy Acker o en Juan Rulfo. ¿Un escritor puede elegir la manera de ganarse la vida?

Un escritor exitoso es un escritor que vive de sus libros, que finalmente puede dejar de escribir para los periódicos, que puede dejar de dar clases, que puede dejar de dar conferencias, o dejar de hacer trabajos de corrección para editoriales, etc. Se supone que lo mejor que te puede pasar es estar encerrado en tu estudio sin parar, sin interrupciones, escribiendo tus libros. Yo tengo muchas cuestiones al respecto. No estoy en contra de que podamos tener más seguridad o menos precariedad en las condiciones de nuestro trabajo. Pero sí creo que hay mucho que ganar  con una relación muy activa e ineludible con las comunidades a las que nos debemos, de las que formamos parte. Parte de la argumentación de Los muertos indóciles es que la escritura no es una vocación, no es un don, no es algo inexplicable, sino es una forma de trabajo, no estoy diciendo empleo, sino trabajo a través del cual participamos en la producción y reproducción en los mundos y en las comunidades en que vivimos. Esta idea siendo tan simple y tan obvia, vale la pena recordarla porque creo que con eso podríamos enfrentar el trabajo de sus escritores de forma distinta. El que escribe nunca está solo, está trabajando con el lenguaje que viene lleno de presencias, de tradición, hay una experiencia plural de la que tengo que estar muy consciente, cuando estoy trabajando ya sea en libros de ficción o no ficción. Si partimos del principio en que los dos creemos que la escritura es un trabajo vamos a llegar a resultados muy distintos que si creemos que es algo inexplicable que le pasa solo a algunos. Si creemos lo primero entonces vamos a poder creer que esto es algo que se puede aprender, que esto es algo que se puede ejercitar, que esto es algo como cualquier otro trabajo, que mientras más lo hagas, y más devoción le tengas, vas a aprendiendo a hacer otras cosas. Siempre está la queja que puedes mejorar la técnica y quién sabe si tienes esta otra cosa que tiene el arte; lo único que digo es que eso nunca ha detenido a fotógrafos a pintores que toman clases o hacen talleres y otras disciplinas artísticas que están menos comprometidas con estas ideas fantasmagóricas o abstractas de la escritura. Para mí la escritura está muy conectada a cuerpos concretos, a relaciones problemáticas con otros cuerpos. Escribir es una cuestión de política y sobre todo nos lanza preguntas éticas a nuestro quehacer.  

En algún momento de Los muertos indóciles cita a Barthes y a Foucalt por la muerte del autor, pero se sigue reproduciendo esa figura, incluso sobre la escritura misma ¿Por qué?

La respuesta en Los muertos indóciles es que la Literatura con L mayúscula se basa en una idea del autor solitario, y el autor genial, este autor que usualmente es hombre y vive en las ciudades, en nuestra serie de estereotipos. En esta idea de autoría se afinca mucho el prestigio de la literatura con L mayúscula y la idea que la literatura es un campo autónomo bien definido, con fronteras específicas respecto a la sociedad. He podido pensarlo porque fueron los años en que estuvimos debatiendo a veces muy álgidamente sobre la relación de los escritores con la tecnología digital. Era una época muy optimista, había un campo mucho más horizontal y nos quedaba mucha más clara la participación plural en muchos procesos de escritura. De hecho, el término desapropiación viene en un sentido claro a ubicarse en contra de esta glorificación de la autoría como un proceso individual y estoy hablando constantemente de los pequeños múltiples detalles, a través de los cuales, a mí al menos, me queda claro que escribir es siempre escribir con otros, que siempre estamos escribiendo con  materiales ajenos, y que aceptar el reto de esta pluralidad, ponerla a trabajar estéticamente da como resultado libros no solo formalmente distintos, sino que hace que estos libros se relacionen con los lectores de formas distintas. Claro, eso no les preocupa a quienes les interesa vender libros, porque el libro es una mercancía, y esa mercancía vende dentro de estas ideas estereotípicas de la literatura y del autor. Lo que propone Los muertos indóciles es un camino alterno, dentro del cual el intercambio económico tampoco es que esté mal visto, hay licencias de Creative Commons que permiten distribución distinta pero que también permiten cubrir gastos de editoriales independientes. Creo hay maneras distintas de hacer las cosas y a mí como escritora me interesa investigar  esa otra posibilidad también.

Usted tiene su blog, que tiene mucho material, entrevistas que le hacen o artículos en la revista Literal. Ahora que han pasado de moda, ¿por qué lo ha mantenido? Muchos escritores los abandonaron.

Los blogs son como dinosaurios de la tecnología digital. Estuve trabajando bien de cerca con el blog al inicio, también con Twitter [Los muertos indóciles tiene un «Tractatus lógico-tuiterus»], estuve investigando la forma y cómo podría articularse con eso y después se me pasó la euforia. Ahora el papel que cumple es de archivo en vivo. Cumple una cosa bien práctica, cada año o cada dos años paso una serie de evaluaciones en la Universidad de Houston, tengo que dejar en claro lo que he hecho y no he hecho, y si tuviera que acordarme de todo lo que he hecho sería bien complicado. Están guardadas las cosas no solamente para que tú las veas sino para que yo las vea cuando las necesito. Están todas mis columnas que hice para el periódico ahí, las originales; hubo cosas que produje directamente en el blog y para el blog, que las dejé ahí. Es un sedimento de mi quehacer. No sé cuán orgullosa estoy de eso, no sé si es Literatura con L mayúscula, pero es una capa de mi quehacer que vale la pena ver. Cuando leemos los libros solo vemos la versión final de un proceso mucho más largo. Lo que deja ver el archivo son estas otras etapas, a veces no muy guapas, a veces no muy bien terminadas, a veces toscas, por las que uno pasa hasta que refina, o cambia hasta que estás de acuerdo con una versión final. 

¿Cómo se trabaja un archivo o territorio sin ser utilitario manteniendo una ética?

Esa es la pregunta ineludible de la escritura, incluso cuando hablamos de escritura no documental. Siempre estamos trabajando con materiales ajenos, incluso cuando estamos contando nuestra vida. El hecho de que cojamos una pluma o un teclado y lo convirtamos en lenguaje escrito lo hace material ajeno. Reflexionar sobre este pasadizo ético entre este material que no me es propio y lo que voy a terminar firmando con mi nombre es lo que hace a la escritura si lo pensamos o lo reflexionamos. No creo que haya una respuesta para todos, pero algunas ideas sobre esto puse en juego con la escritura de la desapropiación, si en lugar de pensar que a los escritores se le ocurren las cosas porque sí, revisamos los procesos de investigación, de una u otra forma, eso nos ayudará a saber qué tipo de relación se arma entre el trabajo escritural y los lugares, los espacios y los tiempos que han generado esos materiales. Para mí es mi trabajo volver esa relación lo más clara posible, lo más significativa en términos éticos pero también en términos estéticos. Toda la discusión sobre la desapropiación es eso, que tenemos los escritores que hacen poesía, escritura documental o ficción, todo lo que tiene que ver con esta herramienta poderosa y humilde que es el lenguaje, más vale que nos hagamos la pregunta y que el libro que estamos trabajando sea la forma de contestarla. 

¶¶