Lo que queda después de la muerte

«Debiera estar prohibido a los vivos tocar la carne misteriosa de los muertos»

María Luisa Bombal

La lengua de los exiliados y una serie de obituarios se conectan en este ensayo crítico.

Las mañanas de vaguada costera han marcado estas primeras semanas del año, como es habitual el sol aparece después del mediodía y con él el ánimo de dejar mi departamento frío y salir a buscar playa. La posibilidad de rendir el cuerpo al sol, de sacarse la ropa y embetunados en bloqueador cerrar los ojos un rato y ver ese punto rojo en el que el sol se trasforma a través de los párpados. Esta ciudad no es una playa en la que solo se escuchen bañistas y mar, a mi espalda en el paseo peatonal repleto la mayoría se cubre la boca con una mascarilla, y más allá, el taco de autos a la hora de la salida del trabajo con conductores con el vidrio hasta arriba.

Ya se volvió un lugar común decir que vivimos en la UTI. Meses escuchando cifras que destemplan el oído y que confunden la idea de urgencia o peligro. Hace unos meses se calculaban los muertos en relación a los asesinados en dictadura, a esta altura en el mundo han muerto más que en la Segunda Guerra Mundial.

A comienzos de este año parecía que la literatura iba a guardar silencio. Sin embargo, este silencio forzoso al que nos hemos visto sometidos, esta distancia, ha dado espacio a preguntas que pareciera que solo se pueden responder con literatura. ¿Qué palabras usaremos para decir estos días? ¿Vamos a hablar de la muerte, del exilio, del amor en los mismos términos o estamos obligados a reubicarnos, borrarnos, desencajar, o desarmar un sistema que ya no es útil para dialogar con este tiempo?

Lengua materna

David Preiss

Garceta Ediciones

122 páginas

David Preiss, en Lengua materna (Garceta Ediciones, 2020), a partir de una memoria generacional ligada a Enrique Lihn y su presencia fantasmagórica paseando por el Parque Forestal, mira al país con el ojo de quien está frente a algo que al mismo tiempo se recuerda. ¿Qué hay entonces detrás de esta decisión de ver con una eterna saudade la casa que alguna vez compartimos con alguien, o los bares que nos emborrachábamos de jóvenes cuando éramos aprendices de escritores?

Preiss decide mirar hacia el pasado, sin embargo, esta Lengua materna no se pierde del todo en la remembranza, y logra su momento más firme cuando se interroga sobre la lengua que trae consigo el exilio, nacido en 1973, este año marca la salida de un Santiago oscurecido: «Yo no escogí este pacto. /Pero su memoria empieza/ el día que mi padre/ en convenio con mi madre/ se deciden a marcarme/ con una herida transparente/en la mitad de la ciudad/sitiada por los tanques. /Es el año 1973. Tú/serás un judío latino-/americano, un oxímoron/ que ama y que respira, /hablarás una lengua/ que no es tuya, habitarás/ una patria provisoria». (17).

Pero sobretodo, reflexiona ante el hecho de la escritura, y la eficacia de las palabras hasta hacerlas sujeto de enunciación y las interpela: «Estas palabras se deslizan/ por el espacio abierto/ que dejan mis fármacos/ contra la melancolía. / Ellas debían expresar/ pero no pueden. / Ellas debían denunciar/ pero no pueden. / Ellas debían tocar el contorno del silencio/ como a una criatura/ que se desliza en el amor.» (58).

Las palabras se deslizan en medio de los fármacos y no logran decir. Este oxímoron, esta contradicción que finge sinsentido y que atraviesa el libro, surge en la lectura como una interrogante que es también una propuesta a no confiar en los modos que tradicionalmente hemos creído suficientes. Vuelvo a Lihn, tan visitado por toda la poesía chilena actual, reescrito (o derechamente plagiado) una y otra vez en tantos poemarios, es aquí un fantasma.

Muertes imaginarias

Roberto Castillo Sandoval

Libros del Laurel

125 páginas

Qué podemos decir después, después de la muerte de los otros. Roberto Castillo en Muertes imaginarias (Libros del Laurel, 2020) da con algo. A través de diecisiete obituarios revela la vida de diferentes personajes que a través de las palabras vuelven y existen. Qué hallamos en común entre estos personajes: una sombra de chilenidad que los hace ser parte de una comunidad a veces migrante, a veces atrapada en la historia de un país post 73. Castillo construye a sus muertos, todos muertos en el 2020. Todos, un caldo confuso entre realidad y ficción que obliga a aguantarnos las ganas de usar Google para verificar fechas y acontecimientos. Ficción, esa herramienta primitiva.

Un herpetólogo, una cocinera china que publica libros de recetas, un asesino de la Dina, una rockera, un boxeador, un enólogo, una maestra de la ventriloquía, son algunos de los personajes que atraviesan el libro. Estos obituarios declaran una forma de escritura ligada al relato breve, tan difícil de lograr y de una calidad sorprendente en algunos momentos como en el dedicado a Armando Valera, un relator oral que se queda sin aliento y sin tiempo, pero que con la templanza de un tipo que da vuelta la masa de la pizza diestramente a vista y paciencia de quien quiera mirar, amasa y comprime las palabras para llegar o perderse justo a tiempo.

Hace un tiempo se publicó en Chile un libro entrañable Los nortes que hay en el norte (Cinosargo, 2014), de Fernando Navarro Geisse, o Cristian Geisse. En donde una serie de poetas jóvenes fueron antologados a la sombra de Gabriela Mistral. El autor alguna vez contó la anécdota; lo habrían llamado para consultar sobre la identidad de algunos de los involucrados, buscando más publicaciones posibles. Y es que este libro polifónico en el que cada antologado habla como un muñeco en las piernas del ventrílocuo, también jugó el juego de Borges en Historia universal de la infamia, de Bolaño en Literatura Nazi en América y nos condena a la angustia de no saber qué hay de verdad y qué hay de ficción. En esta clave está este libro de Castillo desde su título, con el guiño a las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, se inscribe en una tradición de autores que nos obligan a establecer un vínculo de verosimilitud amplificada, casi como si al leer estuviéramos siendo protagonistas de una cámara indiscreta.

La trampa en la que nos envuelve el libro de Castillo es una trampa divertida, una en la que Raúl Ruiz habla tal y como imagino que hablaría sobre una película de La pérgola de las flores estrenada en el 2010 y me saca carcajadas cuando aparece el ritmo parcero en una frase notable que García Márquez le dice al teléfono a Vargas Llosa en un sueño o pesadilla recurrente. Vargas Llosa está muerto, lo mata Castillo en los noventa y de refilón le cobra una deuda que tiene con todos sus lectores. Así, este libro perfila con sentido del humor no solo la memoria de los difuntos, sino que se mete a la cancha a discutir sobre literatura, sobre el oficio del escritor y su lugar en el mundo.

Las Muertes imaginarias de Castillo, y la Lengua materna de Preiss dialogan sobre algo similar, no sé si responden a las preguntas que abrieron, quizá Castillo responde con humor, lo que en estos tiempos es todo un logro. También lo hace extendiendo una tradición narrativa que hoy por hoy salvo las excepciones que todos conocemos es más bien floja, con pocas ganas de arriesgar en su estructura. Preiss construye una pregunta y a lo largo de su libro se escucha una y otra vez el eco de esta, sin duda la poesía va siempre por un carril de otro ritmo, a otra velocidad.

Si vuelvo a cerrar los ojos aparece otra vez esa pelota anaranjada en la que se transforma el sol. Y los libros que traigo conmigo apenas se salvan de la arena gracias a mi toalla. Pienso en Mistral cuando dice que quienes nacen para escribir versos, lo hacen con una viga atravesada en el ojo, y esta viga transforma la realidad.

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