Parte II: Caleta de veda

En el mapa de caletas penquistas, Cocholgüe es la que elegimos para rastrear la vida pesquera que retrató el escritor.

Personajes: El mar, los perros, los botes.

Lugar de acción: Cocholgüe

Los pescadores son protagonistas de varios de los relatos de Alfonso Alcalde. Desde la plaza, se abren los destinos en forma de buses o colectivos. Elegimos entre las caletas cercanas a Cocholgüe.

El colectivero, que escucha AC/DC y tiene una pantalla para el rock, nos da a elegir, hay una caleta chica y una caleta grande, vamos a la chica primero. Rodeando casas grandes y pequeñas y restaurantes cerrados llegamos al mar. Poca arena hay entre el borde de esta caleta sin barcos y el agua, avanzamos hacia lo que parece el ancla de un barco enterrada, en forma de cruz. Ya cerca, se revela: son postes de luz arrastrados por las últimas marejadas que también devoraron parte del paseo costero. Hasta la baranda está semi enterrada y el muñón en el cemento se va azulando. Sobre este, rodeada de perros, una mujer mayor barre la arena de las mañanas para que vuelva a ser arena, aunque mañana de nuevo amanezca en su puerta. Desde las ventanas de su casa, más perros nos miran.

Caminamos a la caleta grande, un letrero de trabajos gubernamentales fue pintado encima con una cita oceánica de Francisco Coloane, a su lado otro, informa de la reproducción canina. Los números (más de cinco mil perros procreados por una hembra y su descendencia) me recuerdan la familia del cuento «La encuesta», incluido en El Auriga Tristán Cardenilla (1971): «Tres dormían con la cabeza para arriba y otros tres para los pies, y tres cruzados, y otros tres encima, y así sucesivamente, como un pastel de mil hojas, como arreglan los tablones en los aserraderos, distribuidos con tanta gracia que daba gusto ver el manso enredo de patas y manos». Por estas calles curvas los perros andan juntos o les echan la foca a los que están fuera de su territorio o duermen en el paradero que tiene un letrero escrito a mano que pide no botar perros.

Nos metemos por los delgados pasajes en que bajamos por escaleras irregulares, entre redes colgadas entre casas, hombres zurciéndolas, y llegamos a un montón de botes desocupados con sus motores, sostenidos o detenidos por neumáticos, piedras, arena, jabas o la cuneta. No hallamos pescadores pescando, sí muchos que no hacen nada alrededor de sus botes. Uno nos explica qué les impide salir:

Ha estado mala la mar

Está en veda la merluza

Hay poco para trabajar

Un mes no es tanto

Hoy amaneció mejor la mar, está para correr bote

Los buzos solos

De los ahorros, las mujeres tienen sus empleos.

Algunos botes flotan, amarrados a pedazos de cuerdas amarrados de otros pedazos de cuerdas. Un ancla puede ser también un bloque de cemento. Los hombres conversan cerca de sus botes protegidos, otros los dejan envueltos a la intemperie. Dispuestos ahí, como si de golpe fueran a ocuparlos. Bajo la tibieza del sol, alguno llena baldes de agua de mar con sus pantalones arremangados y polera Nike para lavar su bote Adonay, caen telarañas y salen las latas de cerveza de quietos navegantes nocturnos. El agua transparente es generosa en conchas para llevarse el mar, el único souvenir de Cocholgüe.  

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