Parte IV: Un thriller de la transición

En piedra está tallado el libro sobre los restos del escritor, en Tomé.

Personajes: Alfonso Alcalde, el enterrador.

Lugar de la acción: Cementerio n°1 de Tomé.

La estación segura en Tomé para visitar a Alfonso Alcalde es el cementerio número 1, que queda cerca de una de sus últimas moradas. Allá, como si fuese un penal perfecto, a la derecha y al rincón, se emplazan las cinco tumbas del Círculo de bellas artes tomecino. En el centro, en piedra y en forma de libro ancho, está Alfonso Alcalde. Se cita un poema en la contratapa pero recuerdo al verlo una parte de la primera estrofa de los quemados de la Balada para la ciudad muerta (1946):

Oh, ángel nefasto sin raíz de lágrima,

Levántate de tu catacumba de nieve

Envuelto en guirnaldas de sangre

Y recoge este musgo fino

Abandonado sobre tu corazón de limbo y herrumbre,

Sobre tu lápida ardiente

Y tu constelada pasión, tu fuego muerto,

Alrededor de la noche que arranca las ruinas

De su despavorido velamen de estrellas a la deriva

Y sepulta ávidamente los manojos de hebras retorcidas

(…)

Porque el musgo, los caracoles y los envases de botellas plásticas cortadas a la mitad encuentran vida ahí, encima o detrás de la sombrita que da su obra, envuelta a su vez en algo parecido.

La portada es una reproducción de el panorama ante nosotros (así, con minúscula, como sale en su portada original), es la mano que escribe ese libro monstruo que casi vence a Alcalde. La mano que borra está bajo tierra esta vez, y la que escribe parece también horadar el suelo de este círculo, escribir en la tierra, indagar. Un actor y un pintor están en los bordes del círculo, a su lado izquierdo Ceidy, su esposa (que en la dedicatoria de Alfonso Alcalde en cuento, un póstumo, escribe: «esperando el partir de otro de nuestros tantos hijos literarios») y al lado derecho un personaje de la literatura, Tagore Biram, un brasileño comunista que no fue bien acogido en Santiago y terminó hallándose en Nascimiento. Solo sus flores plásticas, en agua, se ven en mejor estado y hasta parecen naturales y recientes frente a las otras muertas del círculo. Quizá qué amor dejó el poeta que aún lo visita, aunque («cualquier plástico dura más que un amor eterno», escribió el argentino José Sbarra). Alcalde está en buena compañía y abajo deben haber encontrado temas en común.

Si el destino de Alcalde es el propio abandono de la provincia, esto es coherente, encerrado en la maleza y con algunas horas de buena luz. En la tarde, las letras talladas en la piedra apenas se pueden leer. Vamos a preguntar por cómo se mueve el sol sobre el cementerio, en esta parte que parece un cerro bajo. No llega nunca ahí, dicen. Un trabajador gordito de lentes con la rapidez mental de los personajes alcaldianos dice «fácil po, traigan un espejo».

En el plano, en los chinos, hay un espejo y un cubreparabrisas. En la madrugada el sol parece brillar como una lámina sobre el mar, un espejo gigante apuntando el cementerio, es la voz de Alfonso diciendo ¡Ahora sí! Y vamos de nuevo y la portada de su libro final esta vez sí se ve, incluso se marcan líneas en su lomo correspondientes a diversas unidades que le vendrían bien en la variedad de su obra, aunque dudo incluso si en este ancho podría caber todo lo que escribió. Tomo su mano de piedra, y le digo la verdad: todos mis amigos te han leído, mi hija te ha leído, todos te amamos y estamos unidos frente a ti en estos cien años. Porque Alcalde no está muerto, solo descansa, ya un poco más lejos del acantilado y la basura del cementerio gracias a un joven muerto al que le construyeron un mausoleo en 2018. Desde aquí, se puede volar como en el cuento «Vals del adiós», incluido en El sentimiento que te di (1972):

La gaviota encendió la turbina del ala derecha, los pasillos plateados aspirando el aire turbulento antes de hacer otra conexión para iniciar el vuelo y abajo quedó Tomé como si fuera un abanico: la tierra en un costado y el mar al otro extremo; se inclinan las calles, chimeneas, cerros, las líneas estrechas encima del ferrocarril.

Un solo golpe de timón bastaba para que el caserío más alto del cerro Navidad comenzara a tambalear en la cúspide del cielo. No había duda de que alguien empujaba el paisaje guardabajo. Nada duraría por ningún motivo en su sitio y a la vuelta de la siguiente ya rodaba otra vez el tumulto de colores sobre la plaza.

Hablamos con su enterrador, Jorge Salinas, que llegó unos pocos años antes. Al principio no recuerda si se ahorcó o se disparó, pero sí recuerda que trabajaba con Don Francisco (en el tiempo en que derrotada la utopía socialista, Alcalde se las buscaba entre psicópatas, autoediciones, infantiles y celebridades):

«Yo no tenía idea que le hacía los libretos a Sábados gigantes, después lo supe yo, estaba aquí dentro y me dijo quiero sacarle una foto, sentémoslo, y lo afirmé y le sacaron fotos. Era gente de Santiago que vino, la verdad no tengo idea quién fue. Dicen que murió solo el hombre, sin familia. Vino poca gente a su funeral. A veces está bien abandonado en el rincón. Hace poco vino alguien de Santiago, una niña joven que lo mandó a limpiar. Lo iban a dejar ahí [apunta cerca del dentro del cementerio], con los pintores, pero cambiaron de opinión al último momento. Varia gente ha venido a preguntar por él, porque no saben dónde está la tumba».

Que poca gente lo acompañó en su funeral, lo confirma la poeta Paz Lilian. ¿Quién habrá recibido esa foto, a quién se la habrán ofrecido? Alcalde sabía demasiado.

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