PLEBISCITO EN CHILE, 1988 – HAIKÉN EDICIONES Y GALERÍA ZEBRA – ÁLVARO HOPPE

Adelantamos el texto de Pablo Azócar del fotolibro Plebiscito en Chile, 1988 (Haikén Ediciones y Galería Zebra). La publicación compila el trabajo del fotógrafo en ese año.

Entre el plebiscito de 1988 y el del 2020 transcurrió una vida entera, aunque pareciera que todavía hoy estamos marcados por aquellos días locos en los que llegamos a creer que todo era posible y que la democracia nos pertenecía a todos.

Las fotografías de Álvaro Hoppe de esos años eran en blanco y negro, porque este era un pequeño país con vista al mar y sin muchos colores, un país en el que había citronetas y renoletas y Fiat 600, y tenías que esperar años para conseguir un teléfono. Las fotografías de Hoppe eran sobrias, contenidas, casi como si el fotógrafo quisiera desaparecer, y exudaban una cierta melancolía, cierta carga poética, siempre con el tamiz de una violencia brutal, a veces soterrada, a veces explícita.

            Era la violencia de esos días de plomo. Cuando los chilenos fueron a votar el 5 de octubre de 1988 todavía te podían ir a buscar a la casa en la mitad de la noche y sacarte a culatazos de la cama. A Jécar Nehgme lo asesinó un comando de la CNI en septiembre de 1989, bastante después del plebiscito, en una estribación de la Alameda, en los descuentos de la dictadura.

Los chilenos llegaban al plebiscito con una cuenta muy pesada: habían sido reprimidos, asesinados, desaparecidos, torturados, exonerados, exiliados, relegados, expulsados, ejecutados, degollados, violados por perros o lanzados al mar desde helicópteros. Nadie podía decir que no sabía que en Chile hubiera habido campos de concentración, como los nazis. Nadie podía ignorar la macabra Operación Cóndor, el miedo como sistema político, el comportamiento cerril de los jueces, la complacencia de los canales de televisión y de los diarios. Los silencios, las omisiones del país oficial eran la moledora de carne de todos los días. Cada uno de los chilenos tenía el incendio de La Moneda y las gafas oscuras de Pinochet en alguna parte del cerebro. No en vano la primera promesa del dictador había sido: «Extirpar el cáncer marxista» (y le daba lo mismo, por cierto, si eras marxista o no).

Eso era. Una parte del país había intentado literalmente extirpar a otra parte del país, y el plebiscito de 1988 era el reconocimiento de que no habían podido.

Por eso, en aquella primavera imborrable de octubre corrían días crispados, llenos de incertidumbre, y a la vez se respiraba un cierto aire de promesas y albricias, de libertad inminente. Iba tomando cada día más vuelo la campaña por el «No» para derrotar a Pinochet, estaban retornando no pocos de los más de treinta mil chilenos que habían sido echados a patadas del país (Vuelvo, amor vuelvo/ vuelvo vida vuelvo/ a vivir en mi país), había olor a multitudes. Eran los días de la famosa franja televisiva con la voz templada de Patricio Bañados y el slogan que en los años que siguieron acabaría convertido en una cruel ironía: «La alegría ya viene».

Aquel 5 de octubre se vivieron horas de gran tensión, que incluyeron un apagón casi total la noche anterior y declaraciones ambiguas y amenazantes de Pinochet durante la tarde: «Han visto grupos de gente con pasamontañas y armas…». Fue cayendo la noche y cuando llegó la hora de los cómputos, el régimen entregó resultados que daban ganador al «», aunque todos los registros extraoficiales mostraban el triunfo rotundo del «N»o. El tercer informe oficial, pasadas las once de la noche, también usó registros poco representativos y también allí ganaba el «», y crecía el temor al fraude. Fue entonces cuando, de pronto, en Santiago la policía se retiró a sus cuarteles, hubo cortes de luz, no quedó nadie en la calle, y varios canales de televisión comenzaron a transmitir dibujos animados. Después se sabría que Pinochet estuvo a punto de imponer un autogolpe, pero algunos de los propios se lo impidieron.

«Corrió solo y llegó segundo», tituló Fortín Mapocho. Pocas veces se vio una explosión de alegría tan expresiva, tan diversa y multitudinaria como aquel 5 de octubre, los taciturnos chilenos de pronto parecían brasileños, se echaron todos a las calles a saltar, a abrazarse, a gritar, a tocarse, a bailar, a tratar de creer que se estaba acabando el íncubo que había durado tantos años. Banderas, risas, bocinas, abrazos, llantos, cornetas, consignas. No pocos se trenzaron en un abrazo con los propios carabineros que estaban de punto, los mismos que hasta el día anterior eran los enemigos jurados. No era el momento de revanchas: el momento era de júbilo, músicas, carretes, fraternidades, reencuentros, cantos.

Fue esa la penúltima gran fotografía de ese fin de siglo, la de la catarsis, la explosión.

Pero la alegría, ay, no siguió viniendo. Se quedó, digamos, algunos meses, y luego todos a callar. Las flamantes autoridades tenían a sus espaldas a millones de chilenos que habían llenado las calles y que muchas veces se habían jugado el pellejo para recuperar la democracia, pero les dijeron a esas multitudes que se volvieran a sus casas, a sus vidas privadas, chao, a guardarse. Saquen una tarjeta de crédito y no molesten más. Luego se cambiaron de asiento y se pusieron a conversar a puertas cerradas con la vieja dictadura.

Los acuerdos secretos entre las autoridades democráticas y el pinochetismo a fines de los ochenta, cuando en las calles todavía estaba la vibración del triunfo en el plebiscito, quedará como capítulo conspicuo de la historia universal de la infamia. Es todo un detalle que quienes participaron en esas reuniones se preocuparan de no dejar ningún acta: en 54 reformas secretas acordaron, entre otras delicadezas, que la Constitución no se podía tocar con menos de 2/3 del parlamento (cosa que no estaba durante la dictadura), acordaron senadores designados y sistema binominal, acordaron un cargo vitalicio en la república para Pinochet, y que no existiera derecho a plebiscito ni ningún tipo de consulta ciudadana. El ideólogo pinochetista, Jaime Guzmán, resumió la situación en esos mismos días cuando dijo: «La idea de esta Constitución es que quienquiera que gobierne se vea constreñido a tomar una acción no tan distinta a lo que nosotros fijamos».

¿Qué les sucedió a los Correa, Tironi y los otros cerebros de la transición? ¿Fue un tipo de Síndrome de Estocolmo, donde la víctima se enamora del victimario? ¿Los arrebató el erotismo de tanto poder concentrado de una política de puertas cerradas, donde todo lo decidía en espacios íntimos un pequeño grupo de cuates? ¿O era el viejo estalinismo que reaparecía con otras formas?

En la práctica, optaron por una transición economicista, elitista y conservadora, llena de moral religiosa, todo estítico, a la defensiva, todo muy comedido, todo en la medida de lo posible. Se preocuparon de eliminar incluso, sin un mínimo funeral, a la heroica Vicaría de la Solidaridad. La palabra «consenso» pasó a significar: «cállate la boca». Con plena conciencia estrangularon a las organizaciones sociales y a las revistas opositoras a Pinochet, desactivaron por completo la calle infiltrando a sus propios ex amigos de izquierda y se subieron a la ola de la privatización más extrema del mundo: no fue Pinochet sino las autoridades democráticas quienes dieron los pasos más importantes en la privatización de las pensiones, de las universidades, de la salud, del cobre, del litio, del agua. La guinda de la torta vino cuando el Presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle y su jefe de gabinete José Miguel Insulza defendieron con dientes y muelas, como si en ello se les fuera la vida, al propio Pinochet cuando fue detenido en Londres.

Este sorprendente fenómeno hizo que, con el paso de los años, el recuerdo del glorioso plebiscito de 1988 tuviera siempre una pátina de melancolía o saudade. Una lacerante percepción de lo que pudo haber sido y no fue. En esos treinta años no todo fue malo, pero es una historia de amores contrariados, y esto explica que el plebiscito nunca se celebrara como dios manda. Al ver hoy las exultantes fotografías de Hoppe de ese 5 de octubre, uno descubre que ya no las puede mirar como las miraba antes, han ido mutando, ya no son las de hace treinta años: hoy nos hablan de otra manera.

La paradoja es que todas estas sensaciones encontradas no hacen sino intensificar la carga emocional y poética de las imágenes de Hoppe.

Como sucede con ciertas canciones, al mirar hoy estas fotografías se te viene un mundo entero a la memoria, se te aprieta el corazón, revives episodios, recuerdos, dolores, pura emoción. Las imágenes de Hoppe conversan de una extraña manera con el mundo del poeta Jorge Teillier, ciertas esquinas, ciertos paraderos abandonados, ciertos seres solitarios en el medio de una multitud. Son fotografías y al mismo tiempo son relatos. Un escolar que se quedó dormido en una micro. Un dirigente de los profesores siendo detenido aparatosamente. Un piquete de carabineros que avanza por el Paseo Ahumada, mientras un señor de terno y corbata atraviesa por el medio sin dejar de leer el diario. Hay una foto estremecedora: las viudas de los degollados caminando dignas, estoicas, como Antígona, por el bandejón central de la Alameda. Hay imágenes de los funerales de Roberto Parada y de Rodrigo Rojas, otra de Carmen Gloria Quintana protestando en la calle junto al Movimiento Sebastián Acevedo contra la tortura, otra de las primeras manifestaciones multitudinarias en el día de la mujer, fogatas, barricadas, lacrimógenas. En una foto los deudos intentan avanzar llevando un ataúd en la batahola de la represión, las lumas y los gases. En otra un hombre camina a gatas, desorientado, golpeado, entre medio de las botas de la policía, frente a la iglesia San Francisco. En otra hay un individuo montado arriba de un árbol lleno de flores con una concentración sindical como telón de fondo.

En las fotografías de Hoppe suele haber una narrativa íntima que acompaña al gran relato público o social. Un niño se amarra los zapatos en el medio de una violenta manifestación. Otros pequeños interpelan al león de un circo pobre. Otro niño con una mirada desafiante lleva una vincha que dice: NO. La narración de Hoppe busca empecinadamente los relatos de los muros, las paredes, el gran lienzo abierto de la ciudad. La soledad, el desamparo en una esquina donde hay un rayado: I LOVE CNI. Un Fiat 600 en una calle donde está pintado: NO AL MARXISMO. Un niño que se asoma en una reja bajo un lienzo improvisado que dice: DEMOCRACIA. Una micro con cartel de Puente Alto donde alguien escribió: HASTA VENCER. Un muchacho que está escribiendo: NO AL FASCIS… y en ese momento se vuelve atemorizado y mira hacia la cámara.

Las imágenes de este libro culminan con la algarabía y los cánticos de un triunfo popular que muchos creían imposible, y treinta años después esas mismas fotografías nos problematizan y nos llevan a reflexionar cuando se nos viene un nuevo plebiscito, el de 2020, otra primavera cargada de promesas e incertidumbres que promete sacudir otra vez al país y que probablemente va a ser registrada con el ojo inexorable y solitario de Álvaro Hoppe.

Santiago, julio, 2020

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