Poemas provisorios

Poemas provisorios

Mirtha Colman

Sociedad de Escritores de Copiapó

13 páginas

Por Matías Ávalos

Quien dijo que el desierto produce locos tiene razón. Hay que estar chalado para exprimir de cerros secos y condiciones climáticas radicales el impulso fundador del poema, ese excedente de la experiencia que es y no es al mismo tiempo experiencia, y que hace sino posible, al menos tolerable, eso que entre el ruido cotidiano y fútil de nuestros problemas individuales llamamos vida.

Mirtha Colman se hace cargo de esto desde el poema 1, donde entrega una «explicación» contundente pero sin estridencias, a la vez adelanto y síntesis del conjunto: «Cuando los versos / huelen a tierra / recién labrada / es más fácil ser poeta / Cuando los sonetos / se cantan con voces / de campesinos sudados / es más fácil ser poeta / Cuando la vida / germina / sobre un campo de trigo / es más fácil ser poeta / Cuando las balas silban / y rompen el paisaje / es más fácil ser poeta / Cuando veo rostros / quebrados en la calle / y el pueblo estalla / es más fácil ser poeta».

Esta «explicación», que aplica para los diez poemas y 5 haikus que componen la plaquette editada por la Sociedad de Escritores de Copiapó, nos señala dos cosas que van a mantenerse.

La primera es que los poemas están construidos con versos cuya extensión casi nunca excede las once sílabas, de manera que se produce una desaceleración en la experiencia de la lectura de estos, análoga a la atmósfera que los poemas mismos presentan, además de la sensación agradable de continuidad y armonía tanto entre las palabras al interior del verso, como entre ellos.

La segunda es que todos [los poemas] están en primera persona, todos atentos, a la manera de Emily Dickinson, a una dimensión extremadamente cercana y situada de lo que llamamos naturaleza. Hay sauces, pájaros, madreselvas, perros; hay leña, algarrobo, hojas, y todos están en relación con su cuerpo, no son en general, son su atmósfera, y en ese particular se revela una idea global, una especie de sensibilidad inductiva que aparece en algún momento del poema y le da horizonte, sobre todo porque no define qué es lo que se le revela, sobre todo porque busca apenas la revelación, no su consecuencia: «Escribo poemas provisorios / y me siento a escuchar el / murmullo del agua», o «Siento un escalofrío / me reclino para oír el canto / del espíritu de la madrugada», o «Mi cabeza desnuda / escucha ruidos extraños», o « Me transformo / floto en la oscuridad / y el viento rompe su ronda», o «Un pájaro pasa / y se santigua».

Esta última imagen sucede ante el goteo de rocío en una madreselva. No recuerdo en qué parte de La baba del caracol, Chantal Maillard utiliza esa imagen, la del pájaro que tomando agua levanta su cabeza, para hacer una analogía de eso que nos producen ciertos poemas, cuando detienen nuestra lectura y nos obligan a levantar la cabeza del libro. En Poemas provisorios lo que pasa es que uno sospecha de la velocidad con la que pasa revista de las cosas, y entonces empieza a prestarle más atención al entorno, levanta la cabeza y descubre que las plantas empiezan a moverse, que las hormigas desarrollan sus planes con energía, que las moscas insisten contra las manzanas, y el tiempo y el espacio se revelan tan anchos y complejos como siempre habían sido ante la miopía de la normalidad.

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