Sin llorar

La Santa Patrona cierra la cortina de La Palabra Quebrada recorriendo en su moto-memoria todos los impresos que ha visto cerrar.

Ninguna revista, boletín y suplemento en el que colaboré, continúa existiendo. La mayoría resistió a Pinochet. No a la democracia. Eran medios más o menos ultras, más o menos burgueses, que tiraban línea o disimulaban detrás de entrevistas al vecino del mes, a la organización social ejemplar. Boletines en cajas de fósforos que se leían con lupa. Otros, era tanto lo que tenían para decir que no podían cortar y se notaba la desesperación de las palabras al chocar con el límite del papel. Lo curioso es que al leer daba la impresión de que se repetían como en un loop.

La primera revista que hicimos en 1981 en la Universidad de Chile la imprimimos a mimeógrafo, con miedo; estaban prohibidas. En la carrera de Economía había dos; en la maoísta escribía Mario Marcel, la otra se llamaba El Pasquín. Estaba El Quiltro de la Universidad Católica de Valparaíso, la de la juventud del PC, del Mir… una para cada fracción del PS. A través de las bases poblacionales del partido en el que entonces militaba, ayudaba al grupo de la población Santa Adriana a hacer un boletín mensual, El Portavoz. Y a través de las bases sindicales del mismo partido, colaboraba en la revista del sindicato de la construcción. Era una ley no escrita que una organización para existir tenía que construir su propio medio. La comunicación popular ocupaba un lugar junto a la socialización de los medios de producción. Como las organizaciones, incluidos los partidos, estaban prohibidas y los y las dirigentas trabajaban desde la clandestinidad; el espacio visible, público, eran las ONG financiadas por la solidaridad internacional. Allí trabajaban los y las intelectuales que tenían cerradas las puertas de la universidad; en algunos casos también servían de fachada para financiar cuadros u organizaciones.

Todas tenían un área de Comunicación Popular donde se investigaba en forma teórica y con trabajo de campo, la forma más o menos radical de eliminar la hegemonía de los medios de comunicación capitalistas para implementar una trama de medios hechos por las organizaciones populares para ellas mismas, más otros medios públicos.

Ahora que escribo sobre el proyecto en el que, sincera y apasionadamente creí, me asalta una risa triste. Es una de las partes más opacas de mi vida, se resiste a ser interpretada. Junto con las imágenes, saltan las contradicciones. Tengo el recuerdo de dudar in situ del sentido de esas revistas, de mi trabajo como estudiante de periodismo que llevaba la pirámide invertida desde la sala de clases a la Santa Adriana; dudaba del sentido de las ONG y de los intelectuales que recibían en sus oficinas de Ñuñoa los números de El Portavoz para incluirlos en las investigaciones sobre el movimiento popular y sindical, que luego alimentaban las discusiones de los partidos. No creo que en otro período histórico se hayan impreso a mimeógrafo o en offset tantos documentos sobre los movimientos sociales. Me pregunto qué se buscaba con ese desvelo. En el reverso de esas grandes teorías, en la fría sede que el cura le prestaba al boletín, nadie llegaba a la hora, había que ir a buscar a la gente a sus casas, se armaban tremendas discusiones y luego nadie la distribuía.

La democracia de los 90 se llevó a las ONG, a las organizaciones sociales de base, a los militantes estudiantiles que trabajaban con el proletariado en sus territorios. Se desvaneció la comunicación popular, las investigaciones dejaron de circular o de ser citadas. Imagino que algunas fueron digitalizadas. El saber que se buscó con tal desvelo y necesidad, no fue reclamado.    

En ese momento pasé de colaborar en la parte de adelante y me fui a las páginas de atrás. Las secciones de adelante siempre fueron programáticas y trascendentales. Existía la intuición de que podían ser pesadas y poco atractivas, y, para compensar, se dejaban libres de programa a las páginas de atrás.

La chica de la moto fue una columna que escribí en el suplemento juvenil del diario La Nación, La Iguana, que inventó Julio César Rodríguez, sí, el de la televisión. La idea era atraer lectores jóvenes. Las páginas de atrás del Apsi llegaron a ser lo mejor de la revista. A mí me gustaban las de la revista Página Abierta. Las reuniones de pauta eran interminables, igual que en las células de los partidos o en las organizaciones sociales. Concretar era una palabra compleja para la izquierda más menos radical o burguesa. También aterrizar era complejo.

Para ir a las reuniones de pauta de Página Abierta caminaba por el parque Forestal, desde Independencia a la Plaza Italia, pensando con desesperación en un tema para proponer. Tampoco era fácil concretar la parte de atrás. Me alcanzaba para formular un título. Como ya no quedaba tiempo, lo aceptaban.

Al contrario de lo que entonces se creyó, las páginas de atrás sí perduraron; son el antecedente de lo que ahora se conoce como la no ficción. En ese tiempo la idea era ir a buscar lo que pasaba en la calle y contarlo, poner en valor lo mínimo, lo residual, mejor aún si contradecía lo programático, la ideología. Aventuro que si las volviera a leer me acercaría más a esa época y a sus matices que al leer las páginas de adelante. Cuando fui al Museo de la Memoria las busqué. Me habían hablado maravillas de la museografía, de su modernidad. Solo estaban las páginas de adelante y de los medios independientes de circulación masiva. Ni rastro del Pasquín, El Portavoz, el Relincho de los Gremios Hípicos, la Construmet…

Salí dudando de la memoria.

Por la muerte de la comunicación popular no hubo funeral o tumba para ir de romería. Pasaron directamente a las carnicerías o pescaderías que, en esa época pre internet, envolvían pescados, huevos, pollos, en papel impreso. Cada medio que cerraba, dejaba periodistas independientes cesantes.

En 1994 supimos que la revista Página Abierta también iba a cerrar y nos debían plata. Los colaboradores de la parte de atrás nos debatimos entre la lealtad al programa de izquierda y la sobrevivencia. Se habló de sacar una declaración pública. Era potente denunciar a una revista de izquierda, aunque infringiera los derechos laborales por los que supuestamente luchaba. Fuimos en grupo a firmar la denuncia a una notaría al lado de la Universidad de Chile. En ese punto la mayoría dio un paso atrás: cómo le íbamos a hacer eso a la única revista de izquierda, sabiendo además que era tan difícil competir con los proyectos hegemónicos. Quedé sola, con el lápiz en la mano.

Es difícil comprender los motivos que llevan a los proyectos alternativos de medios de comunicación a naufragar tan rápido. No quiero repetir lo obvio. Es sin explicaciones. Hubo algo que averigüé. En esa época los medios alternativos como Página Abierta se financiaban con remesas de la Solidaridad Internacional. Los europeos no eran tontos o ya estaban vacunados con los partidos chilenos. El primer año y, en ocasiones, el segundo, financiaban el 100 por ciento de los gastos del proyecto. De ahí en más, la ayuda financiera externa decrecía hasta que al quinto o sexto año no mandaban un peso. Los europeos, con su mentalidad europea, pensaban que en el intertanto los responsables chilenos del proyecto alternativo iban a organizar otras fuentes de financiamiento, a través de la venta, publicidad, aportes, rifas, completos, etc. Ignoraban que eso no ocurría. Quién sabe por qué. Lo que sí hacían los responsables chilenos de los proyectos era reducir los gastos, la calidad, los salarios… El último año, inevitablemente, cerraban. Detrás de ellos quedaba una hilera de deudas, colaboraciones y salarios impagos, agujeros previsionales.

La Palabra Quebrada es otro medio que cierra. Este año el Fondart no le otorgó financiamiento. Como dice al comienzo, es sin llorar.