Un libro para habitar

ingentrificables

Majo Puga y Juan Yolin

Ediciones Libros del Cardo

s/n

A inicios de año, una noticia caló hondo en lxs habitantes de parte del barrio Puerto: la muerte de Mariela atacada por una jauría. No en todxs lxs habitantes, porque en esa amalgama de sector patrimonial, el más antiguo y clásico de Valparaíso, cabe una zona comercial (digamos útil), y otra que está signada por el abandono, de pasajes estrechos y cáscaras de edificios que nadie reparó, pese a las promesas privadas y municipales y a las animitas que dejaron al estallar por «problemas eléctricos» que nos invitan a arder de vez en cuando. Es que esta parte del barrio Puerto es ingentrificable, palabra que solo varía en una «s» con el título de este libro, que cuenta con ilustraciones de Majo Puga y textos de Juan Yolín, aunque da espacio en otras páginas a otros de la mítica Ximena Rivera y de Fernanda Meza.

La empresa de ingentrificables ofrecía peligros, por la sobrerrepresentación en el arte que se ha hecho del barrio, especialmente en su faceta más sórdida. Quizá solo Manuel Rojas en Lanchas en la bahía (1932) lo hizo brillar como lo hacían en la noche los vidrios de los edificios en llamas en enero del 2007. En adelante, lxs autorxs del siglo XX que de allí escribieron se entregaron al esperpento, a lo que se oponen Puga y Yolin con ternura y silencio. La página en blanco del poema entiende que no debe estar del todo repleta, y Yolin en su oficio decide que sus líneas sean oblicuas, que no exhiban soluciones sino que busquen abrir surcos interpretativos al hipnótico despliegue de Puga. De hecho, muchas páginas ni siquiera tienen texto, sino que se van sucediendo en narraciones gráficas que renuncian a la linealidad de las grandes empresas del cómic. En aquel sentido, es vinculable a experiencias como la de Silvestre & común (Günen y Delcielo); también en preguntarse qué había antes de la masacre española.

Cada vez que veo un cruce artístico la primera pregunta que hago es: ¿fue necesario? Porque ante las quejas de extractivismo comercial, a veces vemos una disciplina utilizando otra. ¿Funcionarían por separado? Sólo si la respuesta es de ninguna manera, vale la pena continuar; es el caso de ingentrificables. Y aquí vuelvo a Ximena Rivera, una habitante de esas calles, bares y sombras en privado, una poeta que cada día crece más y eso más contrasta con su vida y su muerte (hoy ni siquiera hay donde dejarle flores). Ver adaptado sus versos es una transferencia significativa, lo que abre posibilidades para seguir leyéndola y conociéndola. Además, el libro como objeto, no es ampuloso, al contrario, resulta duro y tiene las costuras al aire, igual a la vida del lugar que representa.

ingentrificables es la posibilidad de entrar a la vida privada de un lugar estigmatizado. En el acto de voluntad de habitar de Yolin y Puga, se transforma la percepción en la medida en que se permanece: atraviesa el prejuicio para construir otra imagen. Admite claves y simbologías desde su dedicatoria, a la vecina Mariela, o en los edificios en que la sombra manda. De ahí que la decisión de que las páginas sean sábanas negras sea la más adecuada, a las que le caen solo los colores que corresponden a una vida que no duerme. Evoca, de algún modo, las líneas que escribió el clásico de la miseria Armando Méndez Carrasco en su fundamental Mundo herido: «El plan, en cierto modo, se mostraba como sensación de hondura, de ahogo, de casas oscuras (…)».

A Mariela está dedicado el libro, una persona de la que no escucharás hablar nunca. ingentrificables lleva consigo la vida oculta de un barrio. Ah, la «s» final del título es por la gente, no por la zona, esa gente que vive en libros, estatuas, canciones y hoy, hacia adelante, en esta publicación.