El más hermoso pez piloto: epígonos contra el bostezo

El escritor porteño Víctor Rojas relató en Escenas de la vida bohemia (2002; sí, el mismo título del libro de Henry Murger) el que puede ser el primer pirateo chileno: el poeta Zoilo Escobar reproducía en servilletas la letra del colega Rubén Darío, añejaba el papel y las vendía a coleccionistas. Cuando ese fetiche se empezó a repetir, terminó aquel excelente negocio, y Zoilo no pudo continuar con la fantasía máxima del que deja correr el tiempo en el arte: no trabajar.  

Era un pirateo y también algo más: un sampleo, también una curatoría. Porque Escobar debía elegir qué poema reproducir, para eso debía saber qué había escrito Darío andando por este puerto, y reinventar el cuento de la relación del vate con una pasajera de la noche, albacea esporádica.

Es una operación parecida a las de los memorialistas y epígonos que armaron libros de Darío: aprovechar y estrujar los mil días chilenos (también están sus propias memorias, que lo muestran tomando chimbombo con los choros del camino Cintura). En casos notables, podemos homologarla al Dig in de los Deejay del rap, robar trocitos que montados arman otra secuencia; en otros vemos un ejercicio fútil, la basura de una escritura en formación. El puente entre Escobar y esos trabajos es Raúl Silva Castro, recuperador clave de obras como las de Carlos Pezoa Véliz; según Jorge Edwards, él tenía una de esas servilletas.

En esos mil días está por supuesto Azul (1888), prologado originalmente por Eduardo de la Barra, texto que cayó en el olvido en medida que Darío se fue liberando de sus condiscípulos chilenos. Un largo escape por el mundo que los alimentó y los olvidó; la paradoja de la permanencia en la literatura.

Hoy hay que crear nuevas formas para sobrevivir al lado de otros escritores más grandes, como un pez piloto, mínimo carroñero que acompaña a los tiburones. Jamás en fotografías o inmortalizados por Hollywood, comen tranquilamente de los restos de carne que sobran a la mandíbula del tiburón.

El tiburón de la prosa argentina es César Aira. Atrapado en Youtube en distintos momentos, muestra su incómoda notoriedad. Pero lo que realmente importa está en esa página que escribe todos los días que lo dejan, no esas que lo asimilan, que reproducen su acto directo al teclado de autores que caen en la agonía del epígono en su imitación.

Porque la naturaleza del continuador, extraviada entre tanta challa académica o economía de mechero del supermercado de la literatura, es devolver el lector al texto o autor que lo abastece.

El pez piloto de Aira es Ricardo Strafacce, especialista en andar al lado de otros tiburones. Si antes publicó una extensa biografía de Osvaldo Lamborghini, también armó Cesar Aira, un catálogo (Mansalva, 2018). Solamente el pez piloto más fiel podía tener la memoria de todos los libros de Aira; de cada uno se incluye la tapa y una página. Esa misma página que imaginamos escribiendo incesantemente; cada número podría ser el día que llevaba el proyecto del libro. Y si fuera así, sería detectable el punto alto del proceso.

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Pero ni yo soy tan modesto ni mi lector es tan ingenuo. Al reducir mi tarea a la selección de un pasaje (equivalente, dependiendo de los avatares gráficos de cada edición, aproximadamente a una página del libro) me he arrogado la potestad de decir, sin otras limitaciones que mi capacidad y mis gustos, cuál es la página que mejor expresa a cada uno de los libros de César Aira. En ese sentido, para quien ya haya leído esa novela, relato, diario, obra de teatro o ensayo, mi recorte funcionaría como un verdadero comentario (la repetición haría la diferencia). Para quien esa página elegida resulte nueva, se trataría de una invitación, irresistible, a leer íntegro el volumen que la contiene.

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Es un ejercicio tan inteligente y sintético como el de Viñamarinos (2015, Laurel), de Catalina Porzio. Ella elige montar fragmentos para retratar personajes, como un esqueleto de la investigación revelado.

Y si Catalina Porzio informa sus fuentes al lado de cada pieza/párrafo que ensambla, cada díptico en Cesar Aira, un catálogo permite acercarse a ediciones que no podremos conocer, una antología de niveles de producción editorial —y diseño— argentino desde los años ochenta: Urania, Javier Vergara, Mate, GEL, que derivan de Buenos Aires y sus provincias, también otros países.

Cien libros, cien fragmentos, cien días. Aira alguna vez fue el pez piloto de Alejandra Pizarnik, Osvaldo Lamborghini y Copi. Es difícil saber los motivos por qué un autor toma ese lugar, muta en el agua de la escritura para convertirse en candidato al Nobel. Lo concreto es que Strafacce sí vio esa transformación. A varios que llevan años con esas candidaturas, o que recién las empiezan, con suerte podemos digerirlos. Aira se salva en su acción cotidiana, la que importa, la que da sentido.

Un viaje de esa profundidad muestra otras cosas además. Frente al (auto) cliché airiano de escribir corto, hay novelas que el recorte pertenece a la página 271 o 239. Los años en que son terminados los libros y cuántos demoran ser editados tienen apéndices específicos. En un caso como el de Aira, ¿cuántos libros termina en que sea publicado uno? Mientras que Strafacce empezó Cesar Aira, un catálogo fueron publicados dos más. La realidad y los peces de culto siempre escapan de la literatura, para que valga la pena la caza.

Desde 1993 Aira mínimo termina tres libros al año. Hay ciertos emparejamientos que se agotan o estiran (porque el editor debe ser como una pareja, para hacer mejor al escritor y entender la oscilación del oficio) con determinadas editoriales como Beatriz Viterbo o Mansalva.

Los libros que toman más tiempo en editarse llegan hasta los 4 años, en transnacionales; los que menos demoran a veces salen el mismo año. Todo es parte de la estrategia que detectó Alan Pauls —En El arte de vivir en el arte— en Aira: la de colapsar el mercado en ediciones de distinto tamaño. A lo que habría que agregar que no por ser una cartonera pierde calidad. Llamativa resulta la extensión en proyectos internacionales: ¿se habrá esforzado Aira? ¿Habrá creído o querido ser otro novelista, una serie de días consecutivos?

Strafacce sale incluso de la literatura para seguir demostrando nuevas formas de continuar, de exhibir textos, de renovarlos para una nueva luz de vidriera. Fue el abogado que defendió a Pablo Katchadjian en el caso de El aleph engordado (2009), en que el escritor le agregó cinco mil seiscientas palabras al clásico cuento de Borges, en una autoedición de doscientos ejemplares, y fue puesto frente a la justicia. Más valdría la pena que encanara el que puso la firma de Borges en ese poema de autoayuda de las ferias artesanales, Instantes:

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Si pudiera vivir nuevamente mi vida, 
en la próxima trataría de cometer más errores. 
No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. 
Sería más tonto de lo que he sido, 
de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. 
Sería menos higiénico. 
Correría más riesgos, 
haría más viajes, 
contemplaría más atardeceres, 
subiría más montañas, nadaría más ríos. 
Iría a más lugares adonde nunca he ido, 
comería más helados y menos habas, 
tendría más problemas reales y menos imaginarios
(…).

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Los peores epígonos son los que operan sin siquiera la ética de Escobar o Katchadjian, apropiándose de los materiales como si ellos los habrían llevado a cabo. Escobar no plagió, no buscó la gloria. Otros la encontrarían para él.

Escobar, aparte de escribir en servilletas poemas de Darío, fue amigo de Pablo Neruda y Pablo de Rokha, ambos le escribieron poemas y el último incluso perdonó la amistad con el Nobel. Debe haber sido un sujeto encantador para superar la antítesis. Y tener un olfato maravilloso para los amigos.

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