En el lugar de la mano el ímpetu del río

En el lugar de la mano el ímpetu del río

Julieta Marchant

Bisturí 10

55 páginas

Algo de verdad hay tras el cliché, de ahí la naturaleza de su insistencia, y si hay uno que podría desprenderse de los libros hasta ahora publicados por Julieta Marchant es que hay temas que persiguen a lxs escritorxs. Tiendo a pensar en que habría dos tipos, los que son perseguidos por animales salvajes, y los que no. En El lugar de la mano el ímpetu de un río (Bisturí 10, 2020), su sexto libro —tras Urdimbre, 2009; Té de jazmín, 2010; El nacimiento de la hebra, 2015; Habla el oído, 2017 y Reclamar el derecho a decirlo todo, 2017— trae de vuelta dos asuntos que parecen perseguir a la autora, uno en el ámbito del tema: lo metaliterario, es decir, literatura que reflexiona sobre la literatura; y otro en el plano de la estructura del texto: el montaje, superposición de elementos para lograr un efecto.

En el lugar de la mano el ímpetu de un río parte con la imagen de quien se dispone a lanzarse al agua: «las piernas rectas, el tronco levemente inclinado, los brazos arriba, las manos se tocan. La espalda proyecta la extensión de una altura, los omóplatos se separan. Aguanta la respiración, el fuego en el abdomen desciende. Lanzarse y, en el espacio entre la orilla y el agua, perder el aliento». Quien habla se lanza al agua y el agua es el lenguaje, uno que en su imposibilidad de acercarse a su objeto sobreviene, «Y qué sobrevive. El nombre». La palabra como la herramienta de la que dispone quien, sumergidx, afirma: «Hablamos y desconocemos los trayectos que hilvanan las sílabas para componer un sentido. Amputamos el lenguaje para escribir». Este lenguaje amputado, este lenguaje prótesis que al ser dicho acecha: «el dolor que se siente en la pierna mutilada y golpea la prótesis para aliviarse». Ese golpe en la prótesis es el poema, uno en el que se merodea el vacío de la muerte, y el fantasma del vacío.

Este río que hay en lugar de mano, en lugar de extremidad, funciona en este libro como metáfora de la escritura: cuerpo/ pensamiento; humano/ animal; bosque/ océano, dualidades que arrastra su corriente.

En el plano del montaje, Julieta Marchant trabaja a lo largo de su libro con un solo texto, y digo texto puesto que en su escritura confluyen a la vez prosa y verso, intercalados, desdibuja la naturaleza unitaria del género, lo que le permite someter al texto a diferentes intensidades. Este apartarse del género la orilla a un espacio que también podría ser un relato, uno torrentoso que nos remite a muertos por sumersión, a quirófanos, a mutilaciones, a alguien que cava una fosa para enterrar un cuerpo: «Cavamos fosas para cubrir fosas/ con palas/ con las manos/ con el pensamiento./ Tapiamos los mismos lugares que decidimos perforar». Y si bien esta huida del género no es ni mucho menos una novedad, me interesa cómo en este libro a través de esta operación el poema que fue prótesis deviene ahora en la fosa que se abre con los dedos en la tierra.

Tenemos entonces que confluyen en este libro los dos elementos que visualizo como los que con mayor fuerza aparecen en la poesía de Julieta Marchant, y ambos funcionan como detonante del otro. Si sumergirse es la primera acción del poema, si la muerte, el agua, el lenguaje, el cuerpo es donde el sujeto queda inmerso, entonces este poemario es precisamente eso: un ejercicio, como el gesto de la nadadora que «se precipita y que ávida colma la página, despeja los órganos, se hace espacio en el agua, clava una navaja en la prótesis».